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    De un tiempo acá, siento que el mundo se puso de cabeza. Vemos liderazgos que se regodean en su popularidad, sienten que todas las alabanzas que reciben son adecuadas, desactivan el filtro de la autocrítica y caen en un espejismo de autocomplacencia que va de lo ridículo a lo peligroso. Pasa con mandatarios, con estrellas deportivas, con empresarios, con ejecutivos. Y, a partir de ese obnubilamiento, toman decisiones que pueden no ser acertadas. Claro que como nadie les dice nada y desde su perspectiva todo es perfecto y maravilloso, van como chivos en cristalería con una alegría que revuelve el estómago.

    El liderazgo, ese atributo tan celebrado, admirado y aspirado es también, en muchos casos, un terreno fértil para las ilusiones y los autoengaños. Es fácil imaginar que los logros de un equipo validan automáticamente la popularidad y aceptación del líder que lo guía. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ese supuesto carisma y apoyo incondicional no son más que un espejismo? Este fenómeno, aunque común, suele pasar desapercibido hasta que la realidad impone su peso. Y siempre lo impone. El impacto puede ser doloroso para las personas, el equipo y el proyecto.

    Muchos liderazgos evitan enfrentarse al dilema de la percepción. Es que es tan fácil vivir en una burbuja alimentada por adulaciones y señales ambiguas de aprobación. En ocasiones, esta percepción distorsionada no es más que el reflejo de su posición jerárquica: cuanto mayor es el poder, más probable es que las críticas se filtren o se silencien, y que el entorno busque satisfacer al líder en lugar de confrontarlo. Esto puede generar una peligrosa desconexión entre lo que el líder cree acerca de su impacto y lo que su equipo realmente siente.

    Estas situaciones no son nuevas. En 1837, Hans Christian Andersen escribió el cuento “El traje nuevo del emperador” que narra la historia de un emperador vanidoso que es engañado por dos sastres que le tejen una tela invisible a la que sólo pueden ver las personas inteligentes. Ya sabemos en qué acaba la historia.

    Claro que, como en el caso del emperador, la falta de honestidad no siempre está motivada por el miedo. En muchos casos, quienes rodean al líder pueden pensar que no es su lugar contradecir a “quien está al mando” o que el sistema cultural de la organización no favorece el flujo abierto de retroalimentación. Así, se construye una narrativa donde el líder se siente apoyado, cuando en realidad el apoyo puede ser más superficial o hasta inexistente. En el caso del cuento, esa falta de honestidad de quien rodea al lider y de autocrítica lo llevan a desfilar desnudo frente a su pueblo. La metáfora es fuerte.

    Un líder inteligente no sólo se mide por su capacidad de inspirar y mantener un rumbo claro, sino también por su disposición a cuestionar sus propias creencias. Por supuesto, no es sencillo aceptar que la percepción que se tiene de uno mismo puede estar equivocada, pero es un paso esencial para evitar los riesgos del autoengaño. Es un rasgo de talento y lucidez.  La autocrítica en el liderazgo implica cultivar un entorno donde las voces discrepantes no sólo sean escuchadas, sino también valoradas. Esto requiere valor y humildad, dos atributos que, aunque esenciales, no siempre se priorizan en los relatos tradicionales sobre liderazgo.

    Por fortuna, siempre tenemos un tablero de control en el que se encienden las señales de alerta. ¿Cómo saber si un líder no es tan popular como cree? Estas señales pueden ser reveladoras:

    • Falta de retroalimentación genuina: Si las opiniones del equipo son siempre positivas o genéricas, puede tratarse de un síntoma de desconexión. Hay que tener cuidado.
    • Baja participación en iniciativas: La falta de entusiasmo o compromiso con proyectos promovidos por el líder puede reflejar una falta de afinidad real. Hay que ateder las señales.
    • Alta rotación de personal: Cuando los miembros clave del equipo abandonan la organización con frecuencia, podría ser una señal de descontento que no se está abordando. Hay que preguntarse lo qué está pasado.

    Un líder atento sabrá interpretar estos signos no como ataques personales, sino como oportunidades para mejorar y reconectar.

    Cuando por fin nos cae el balde de agua y nos damos cuenta de que el líder no es tan popular como se cree, es momento de ir replanteando el liderazgo. En un mundo cada vez más enfocado en la autenticidad, los liderazgos deben esforzarse por trascender las narrativas unilaterales y abrazar una visión más inclusiva de su papel. Esto incluye solicitar retroalimentación de manera proactiva, estar dispuesto a escuchar con empatía y, sobre todo, actuar en consecuencia. Esa es la parte más difícil.

    Reconocer que la popularidad no equivale a liderazgo efectivo es un acto de madurez. Al final, los grandes líderes no buscan ser queridos; buscan ser respetados por un trabajo bien hecho y por crear un entorno donde las personas puedan prosperar, incluso si eso significa enfrentarse a verdades incómodas. La confusión que se puede sufrir al creerse tan popular que cualquier barrabasada se legitima con el aplauso puede resultar muy caro. De hecho, en casos de exagerado autoaplauso y complacencia estamos frente al punto de inflexión que llevan a las personas a precipitarse al barranco.

    En última instancia, el éxito de un líder no se mide por la cantidad de vítores y felicitaciones que recibe, sino por la calidad del impacto que deja en su equipo y en la organización. Es ahí donde reside la verdadera grandeza del liderazgo.

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