No cabe duda de que la madre de todas las habilidades blandas es la comunicación. Sin ella, las ideas no fluyen. Sin las palabras correctas que empaten entre lo dicho y lo que queremos decir no hay creatividad, innovación, excelencia, en fin, no hay nada. Todo parte de la forma en que decidimos comunicarnos: los canales, la atención que el receptor le da al emisor, la retroalimentación del que recibió el mensaje y la forma en que completamos el círculo de dar y recibir información. Claro que el proceso comunicativo ha evolucionado y lo que antes era la común, hoy es lo extraño. Han cambiado los tiempos y movimientos, las costumbres, los canales y el lenguaje. De la carta a los mensajes de WhtasApp hay un arco que dibuja esta diversidad. Todos estos aspectos deben tomarse en cuenta para tener una comunicación efectiva. Y, aún hay más.
En el panorama actual de las organizaciones, la convivencia de personas de distintas generaciones es una realidad cotidiana. Esta riqueza generacional es mucho más que una variedad de edades, es un universo de mundos complejos que conviven a diario. Esto implica una diversidad de valores, estilos de trabajo, formas de concebir la autoridad y de interpretar el mundo. La comunicación profesional efectiva entre personas de distintas generaciones se erige, entonces, como un puente imprescindible para el éxito organizacional y el crecimiento personal.
Si queremos que nuestros proyectos avancen y que nuestras empresas no se conviertan en una torre de Babel versión siglo XXI, debemos de poner atención. Todos, ya que hoy convergen Baby Boomers, personas que nacieron antes de 1964, Generación X, gente que nació entre 1965 y 1979, Millennials que fueron los que llegaron al mundo entre 1980 y 1994, Generación Z muchachos que nacieron entre 1995 y 2005. Cada cual con sus intereses, unos más apegados a la tecnología, otros a la economía, unos fuertemente ligados a la globalización, otros a las redes sociales y cada segmento con fuertes puntos de influencia. Cada uno de estos grupos tienen valores enraizados —que no comparten con los de otras generaciones—, formas de manejar el dinero, de socializar, etc. La Humanidad y sus segmentos es diversa y tiene marcadas diferencias que, si no se atienden, pueden generar brechas de comunicación muy importantes.
Las personas más poderosas del mundo son Baby Boomers: Donald Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin, Benjamín Netanyahu. Los que movieron la tecnología en el mundo, también lo son: Steve Jobs, Steve Wozniak, Bill Gates y la que marcó una era en el entretenimiento: Oprah Winfrey. En la Generación X tenemos a gente muy influyente como Jeff Bezos, Elon Musk, Emmanuel Macron, Santiago Creel, Xóchitl Gálvez. Los millennials famosos son muy populares: Mark Zuckerberg, Rihanna, Taylor Swift. Entre los jóvenes centennials están Timothèe Chalamet, Greta Thunberg, Addison Rae. En este pastiche de diversidades hay canales de comunicación que se bloquean. Imaginar un diálogo entre Thunberg y Trump nos cuesta trabajo.
Uno de los principales retos en la comunicación intergeneracional reside en las diferencias de percepción y uso de las herramientas tecnológicas. Mientras que las personas que pertenecen a generaciones anteriores pueden dar mayor peso a la comunicación cara a cara, la formalidad y los protocolos, quienes han crecido en la era digital suelen preferir la inmediatez, la flexibilidad y la informalidad que ofrecen los medios electrónicos. No obstante, esta aparente brecha puede transformarse en una oportunidad si se promueve la apertura y el aprendizaje mutuo. No hay correctos ni mejores, hay una especie de agujero que debe ser zanjado respetando la individualidad de cada generación.
La comunicación profesional efectiva intergeneracional requiere, ante todo, empatía. El primer paso se da al comprender que las experiencias de cada persona moldean sus expectativas y estilos comunicativos para evitar malentendidos y tensiones. Para lograrlo, es preciso escuchar activamente, sin suposiciones ni juicios previos. Permitir que las ideas se transmitan con claridad y se enriquezcan con diferentes perspectivas. Y, como dijera el famoso filósofo Cantinflás “Ahí esta el detalle, chato”.
Por ello, es fundamental establecer espacios de diálogo donde todas las voces sean valoradas. Las organizaciones que promueven encuentros intergeneracionales, mentorías cruzadas y proyectos colaborativos propician la transferencia de conocimientos, la innovación y el sentido de pertenencia. La sabiduría y experiencia que aportan quienes llevan más tiempo en el ámbito laboral se complementa con la energía, creatividad y dominio tecnológico de las personas más jóvenes. Soy testigo fiel de la eficiencia y buenos resultados de estos procesos.
El siguiente paso esencial que necesitamos dar es la adaptabilidad en los canales y formas de comunicación. Las personas líderes y miembros de equipo deben estar dispuestas a emplear herramientas variadas, desde reuniones presenciales hasta mensajes instantáneos, eligiendo el medio más adecuado según el objetivo y el público. Esta flexibilidad no sólo facilita el flujo de información, sino que también muestra respeto por las preferencias y necesidades de quienes forman parte del grupo. Por supuesto que hay que dejar claro cuáles son las políticas y protocolos para el uso de cada canal. Una reunión de seguimiento se puede dar por video conferencia, una renuncia jamás se presenta por WhatsApp. Parece obvio y no lo es.
La retroalimentación constructiva es otro pilar de la comunicación profesional intergeneracional. Dar y recibir comentarios de manera respetuosa y orientada al crecimiento contribuye a la mejora continua, fortalece la confianza y fomenta la cultura del aprendizaje permanente. Reconocer los logros y aportar sugerencias claras para el desarrollo profesional mejora la interacción en entornos diversos. Se trata de tener buenos modos, de esos que se aprenden desde la cuna y que poco tienen que ven con tecnologías y diferencias de edad sino con valores.
La comunicación profesional efectiva entre generaciones no es un reto insalvable como muchos quisieran plantear. Es una oportunidad para crecer juntos. Implica cultivar la escucha, la empatía, la adaptabilidad y el reconocimiento de las fortalezas que cada generación aporta. Sólo así las organizaciones podrán aprovechar al máximo su diversidad, transformando las diferencias en motor de innovación y éxito compartido.
Pero, para ello es necesario agregar un ingrediente más: el respeto. Ni los centennials son los novatos que no tienen nada que aportar, ni los boomers son los viejitos que se deben quedar en el rincón. Cada estrato generacional está pisando fuerte y tiene un radio de influencia muy poderoso. Por lo tanto, hoy más que nunca, debemos de aprender a convivir, a escucharnos, a ponernos atención. Quienes así lo entiendan, tendrán una ventaja competitiva.
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