Desde muy corta edad, María Camila se obsesionó con la tecnología como un vehículo para generar impacto y hacer grandes cosas. Así desarrolló su “vena” de ángel inversionista para poner su granito de arena en proyectos que cambien la vida de las personas.
Para María Camila Gómez, el ángel inversionista “da ese empujoncito inicial que a veces el emprendedor necesita para poder llegar al siguiente paso, bien sea un paso de éxito y levantar más capital, probar el negocio o pivotearlo o simplemente respirar profundo y decir: ‘No, por este lado no era y no gastemos más tiempo en eso’”.
Su historia inicia en el mundo del software, donde fundó una empresa que operó durante seis años. Esa experiencia la llevó al sector corporativo con Mastercard y posteriormente a Acción.org, donde se acercó al concepto de inversión de impacto. En 2018 dio el salto como inversionista ángel y, hasta ahora, ha participado en alrededor de 20 proyectos, de los cuales siete se mantiene como inversionista actualmente.
Para Gómez, ser ángel inversionista “es como una donación sostenible”. Sabe que hay riesgo de perder, pero los retornos, cuando llegan, le permiten reinvertir en más proyectos. Más allá del capital, busca acompañar con empatía, asesoría estratégica y acceso a una red de contactos.
Su tesis de inversión se centra en proyectos tecnológicos, especialmente fintech, con impacto social en inclusión financiera, educación o cambio climático. También prioriza iniciativas lideradas por mujeres o con impacto de género. “Busco resonar con el modelo de negocio porque así puedo aportar más allá del dinero”, afirma.
El aporte de Gómez no se limita a capital ni consejos. Su experiencia en tecnología y finanzas le permite dar retroalimentación precisa, y su red abre puertas a nuevos clientes o socios. Otro de sus diferenciales es el cuidado de la salud mental del emprendedor. Identifica señales de burnout y recomienda buscar apoyo profesional.
“Yo finalmente necesito que mi inversión funcione. Si el emprendedor está quemado, la inversión nunca va a funcionar y hace un momento me preguntabas si invierto en el proyecto o en la persona. Es una combinación de los dos”, asegura.
En su trayectoria ha detectado errores comunes: emprendedores que no investigan la tesis de un ángel antes de acercarse, solicitudes de dinero sin una narrativa clara, falta de transparencia en el uso de recursos o promesas de rentabilidades poco realistas.
“La mayoría de los emprendedores que están buscando ayuda de un ángel inversionista no se preocupan por averiguar cuál es la tesis de inversión de ese ángel. No hacen un filtro para ver si el proyecto que me van a mostrar es afín con mis preferencias de inversión, entonces terminan perdiendo mucho tiempo echándole el cuento del proyecto a muchas personas”, subraya. Por ello, el primer acercamiento debe generar confianza y alineación de expectativas.
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Aunque reconoce avances, Gómez insiste en la necesidad de fortalecer las redes de ángeles, profesionalizar los procesos de due diligence y conectar mejor a aceleradoras y mentores con inversionistas. También advierte que ser ángel exige tiempo y capacidad de decir no, para no dispersarse.
Pone énfasis en la equidad de género. Cree que las emprendedoras deben confiar en su autenticidad y que los equipos diversos, con mujeres y hombres, logran mejores resultados.
“Me encanta apoyar a mujeres emprendedoras. No te digo que es un deal breaker, ¿no? Pero ayuda muchísimo la mujer emprendedora o el proyecto que tenga un impacto de género”.










