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    En el nuevo tablero económico internacional, los aranceles han dejado de ser un instrumento meramente recaudatorio para convertirse en armas estratégicas de política comercial y de seguridad económica. Estados Unidos los utiliza hoy como palanca para reconfigurar cadenas de suministro, imponiendo un arancel base y recargos sectoriales que presionan a las empresas a producir o abastecerse en Norteamérica.

    Para México, este contexto ha impulsado la narrativa del nearshoring, una oportunidad histórica de atraer inversiones y consolidarse como el socio estratégico de la primera potencia mundial. Sin embargo, la realidad dista de ser tan simple. El nearshoring no es un destino asegurado, sino un proceso complejo que demanda resolver retos estructurales, y su impacto se manifiesta con particular intensidad en las PYMES y en los estados fronterizos que concentran gran parte de la nueva inversión.

    Las pequeñas y medianas empresas se encuentran en la primera línea de esta transformación. Son ellas quienes aspiran a integrarse a las cadenas de proveeduría de grandes ensambladoras, pero al mismo tiempo enfrentan los mayores obstáculos: el encarecimiento de insumos importados por efecto de los aranceles, la necesidad de certificaciones estrictas, el acceso limitado a financiamiento especializado y las exigencias de entrega en tiempo real. Mientras los grandes corporativos pueden absorber el impacto de la política arancelaria o reconfigurar su proveeduría, las pymes deben operar con márgenes mucho más estrechos y, en muchos casos, sin el acompañamiento institucional suficiente.

    Los estados fronterizos, por su parte, funcionan como laboratorio y termómetro del nearshoring. Nuevo León, Chihuahua, Tamaulipas, Coahuila y Baja California han recibido inversiones significativas en parques industriales y nuevas plantas, lo que genera empleo y dinamiza la economía local. Sin embargo, también han visto crecer de manera acelerada la demanda de energía eléctrica, el tráfico en cruces aduanales, la presión sobre carreteras y la necesidad de vivienda y servicios para trabajadores. En estos territorios la oportunidad se convierte en reto cotidiano, y la tensión entre la promesa de crecimiento y la capacidad de gestión pública es cada vez más evidente.

    El gobierno federal ha intentado blindar el nearshoring con incentivos fiscales, modernización parcial de sistemas aduaneros y programas de atracción sectorial. No obstante, las experiencias internacionales muestran que se requiere mucho más. Corea del Sur logró escalar de la maquila a la manufactura avanzada con una política industrial centrada en la formación dual de capital humano y en el financiamiento a proveedores locales. Vietnam y Polonia construyeron modelos de ventanilla única y zonas económicas con servicios integrados que facilitaron la inserción de pequeñas empresas en cadenas globales. México necesita traducir estas lecciones en políticas que fortalezcan a sus PYMES y conviertan la inversión extranjera en desarrollo regional sostenible.

    El futuro del nearshoring en México no está escrito. Si el país logra garantizar energía suficiente y limpia, agilizar trámites y generar capital humano técnico, podría consolidar una etapa de industrialización en la que las PYMES se integren de manera real y no sólo como proveedoras periféricas. Pero si persisten los cuellos de botella y los aranceles estadounidenses encarecen insumos críticos, el resultado puede ser un modelo de enclaves industriales desconectados del tejido local, con beneficios limitados para las comunidades. En un escenario de desglobalización selectiva, donde la proximidad y la confiabilidad pesan más que el bajo costo, México tiene una ventana única. La cuestión es si sabrá aprovecharla para convertir el nearshoring en una estrategia de desarrollo inclusivo para sus PYMES y en un motor de transformación estructural en sus estados fronterizos.

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