“Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer.” —Abraham Lincoln
El fundador de Morena, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, bautizó como la “Cuarta Transformación” al movimiento que encabeza. Conocedor profundo de la historia, buscó asegurar su lugar en ella, a la altura de los llamados héroes patrios. Sin embargo, esa ambición histórica, quizá su mayor fortaleza, es a su vez el mayor riesgo del movimiento que encabeza.
Las primeras tres “transformaciones” no fueron tales; fueron, en realidad, guerras fratricidas con consecuencias devastadoras. Se estima un costo humano incalculable: la Independencia le costó al país casi el 10% de su población (entre 500,000 y 600,000 personas); la Guerra de Reforma desangró a la nación con cerca de 200,000 vidas en una lucha ideológica; y la Revolución provocó una catástrofe demográfica de entre 1.4 y 2 millones de personas entre combate, hambruna y enfermedad. Todo esto, sin calcular el costo económico y social.
Fueron consecuencias devastadoras para todos, incluyendo a los más pobres —o principalmente a ellos—, quienes en uno u otro bando fueron objeto de leva y pelearon, en su mayoría, por su vida, no por ideales que lejos estaban de compartir o comprender. Estas guerras fueron ocasionadas por la creciente desunión y animadversión entre los pobladores de una misma tierra. Si bien fueron producto de injusticias innegables, la cura siempre fue más costosa que la enfermedad para las mayorías.
El mejor ejemplo de este costo fue la invasión de Estados Unidos en 1847. Una cita atribuida al historiador romano Tito Livio advertía: “Un pueblo dividido por odios internos no puede prepararse para la guerra sin cometer mil errores”. Así sucedió: se perdió la guerra no por falta de ejército, sino por una absoluta desunión nacional habitada por traiciones, intereses personales y la miopía de una visión de futuro.
Es quizá por ello que el mundo moderno acordó en la llamada democracia dirimir sus diferencias; que fueran los votos y no las balas los que eligieran a los ganadores de las nuevas, pero igualmente ruines, batallas. Porque, aunque en teoría eso evitaría muertes —cosa que no ha sucedido del todo ante la violencia política aún existente—, garantizaría el respeto al vencido, quien, en teoría, no sería aniquilado.
La Independencia, la Reforma y la Revolución llenaron de luto, hambre y sueños rotos a las mayorías. Y si bien las narrativas oficiales dirán que se combatió la tiranía en la Nueva España o que se combatió a los conservadores tildándolos de traidores (muchos de ellos héroes de otras guerras), la realidad es más sórdida. En la Revolución existe el mito de que se combatió al Porfiriato, cuando la realidad es que las facciones revolucionarias terminaron combatiéndose con más saña entre ellas mismas que contra el régimen que las originó. Una constante recorrió esos negros episodios: la crueldad, la falta de compasión, la traición como método y el retroceso como resultado.
Incluso el héroe máximo del panteón liberal, Benito Juárez, encarna estas contradicciones. Su “Segunda Transformación” no solo fue una guerra civil; sus Leyes de Reforma, si bien laicas, al buscar desamortizar bienes corporativos, terminaron por despojar a las comunidades indígenas de sus tierras comunales (ejidos) a través de la Ley Lerdo. Irónicamente, el liberalismo juarista fragmentó la propiedad indígena, lanzándolos a la pobreza y al peonaje en las haciendas que se fortalecerían en el Porfiriato. Y en su afán por “salvar la República”, Juárez se perpetuó en el poder por 14 años, extendiendo sus mandatos por decreto y sentando un precedente de autoritarismo personalista que sus sucesores replicarían.
Pero quizá más preocupante es la negación sistemática de los avances que los tiempos de paz —y no de división— dieron a México. Innumerable desarrollo existió en el llamado México colonial, del que heredamos la traza urbana de nuestras ciudades patrimonio, la infraestructura minera de Guanajuato y Zacatecas, la primera universidad del continente, la red de acueductos, instituciones artísticas como la Academia de San Carlos, la compleja gastronomía y las letras. También en el breve periodo del Segundo Imperio, que irónicamente nos dejó legislación social avanzada (protegiendo a peones e indígenas) y el hermoso trazo del Paseo de la Reforma. Y, por supuesto, en el Porfiriato, que nos dio los casi 20,000 km de vías férreas, la red telegráfica que unió al país, obras icónicas como el Palacio Postal o el arranque de Bellas Artes, la modernización de los puertos, la creación del sistema bancario, obras de salubridad como el Gran Canal del Desagüe de la capital y la fundación de la Universidad Nacional de México (hoy la UNAM). Muchos de estos legados siguen vigentes.
Lo que estas guerras fratricidas nos dejaron no fue solo un costo en vidas, sino un profundo trauma colectivo no resuelto. Y como todo trauma no procesado, está condenado a repetirse, no como memoria, sino como conducta colectiva. Desde la psicología social, lo que presenciamos hoy es la reactivación de esa herida bajo el mecanismo de la polarización afectiva. Se promueve una peligrosa regresión tribal: el discurso político fragmenta a la sociedad. En este esquema, la identidad ya no se define por la adhesión a un proyecto común de futuro, sino por la aniquilación simbólica o real del enemigo. El ‘otro’ deja de ser un compatriota que piensa distinto para convertirse en un obstáculo moral que debe ser deshumanizado, erradicado o eliminado del proyecto nacional.
Este es el verdadero problema del México actual. Esa división regresa y explica por qué hoy vemos discutir a los amigos, a los hermanos y a las familias, buscando quién defiende con más fervor a políticos que, en su mayoría, son oportunistas. No buscan el bien colectivo, sino el interés programático, personal y, en su caso como el de Andrés Manuel, el histórico. Se premia la lealtad ciega por encima del talento; el destino nacional descansa en muy pocos funcionarios altamente calificados, mientras muchos otros son producto de la sumisión y no de la capacidad.
Es el resultado de la voracidad por el poder y por un lugar en la historia. Una vez más, los altos funcionarios dejan de escuchar. Advierten en las manifestaciones de los contrarios “complots internacionales” y no entienden que el desacuerdo puede ser, y debe ser, el motor del desarrollo.
Aplastar manifestaciones, ignorarlas, desacreditarlas, es en esencia un error monumental. Como sentenció Jesús Reyes Heroles: “En política, la forma es fondo”. Aniquilar al opositor y “poner ejemplos”, destruyendo a grandes empresarios con persecución política o fiscal, demuestra la ceguera del poder. La venganza no debe ser la brújula de ningún gobierno. Una ceguera que, si bien no es nueva, es altamente peligrosa.
En una verdadera esquizofrenia de principios, los políticos de hoy defienden o atacan los mismos ideales y valores no por convicción, sino dependiendo de quién los ostente. Vemos, por ejemplo, discursos de agravio cuando un adversario invoca la fe, pero resuenan los aplausos o un silencio cómplice cuando los suyos hacen exactamente lo mismo.
Hoy, las cifras oficiales son un campo de batalla semántico. Se celebra una supuesta baja en homicidios que parece ser directamente proporcional al alza en desapariciones. En este México surrealista, la lectura de los datos, por evidente que sea, tiene tantas interpretaciones como lealtades políticas. Ya no solo son “otros datos”, son los mismos datos interpretados a conveniencia.
En todo caso, son momentos de un llamado sincero, urgente y congruente a la unidad nacional. Pero no se trata de un deseo ingenuo, sino de un imperativo estratégico de supervivencia. Un llamado “sincero” que desactive la regresión tribal y valide al adversario en lugar de deshumanizarlo. Un llamado “urgente” que actúe como cortafuegos contra la compulsión histórica de repetir nuestras tragedias fratricidas. Y, sobre todo, un llamado “congruente” que entierre la esquizofrenia de principios, pues el diálogo para “construir” solo es posible si la retórica de demolición, la burla y la censura cesa. Es el momento de que gobernantes y opositores entiendan que ninguno posee el monopolio de la patria y que están obligados a negociar para construir.
Claudia Sheinbaum enfrentará una prueba definitoria: responder al legado de un hombre o al mandato de una nación; optar por la inclusión o por la división. Su presidencia tiene potencial para inaugurar una etapa de reconciliación o para profundizar la fractura. De su decisión no solo dependerá la narrativa histórica, sino la capacidad real de México para crecer, atraer capital, modernizar su Estado y evitar repetir sus tragedias. Ojalá su legado sea mayor que la anécdota de ser la primera mujer presidenta con “A”.
Esperemos que la Cuarta Transformación no se escriba con la “T” de Tragedia de las anteriores, y que no se pague, de nuevo, con la sangre de los hermanos.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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