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    Establecer un modelo educativo que permita condicionar, limitar, someter y mantener en un estado de dependencia, sumisión, desconocimiento y casi un trance de renuncia a la capacidad de fiscalización del gobierno en las mayorías es clave para tales objetivos.

    Es -en resumen- el sueño dorado donde no importan la ineficiencia, ineptitud, mentiras y simulaciones y aún así se ganan elecciones prácticamente sin oposición y se gobierna con manga ancha, sin resistencias. 

    La educación populista sustituye el descubrimiento y cultivo de las habilidades y capacidades del individuo reemplazándolas por estados emocionales colectivos y sectarios de pasividad, conformidad, mediocridad y obstinación fomentando además el rechazo a lo novedoso, lo disruptivo, transformador y/o divergente. 

    Luego entonces, transformar el sector educativo en una herramienta de proselitismo, enajenación y formación de masas inertes es fundamental para expandir las “creencias, mitos, milagros y suplantaciones” que sostienen la narrativa populista. 

    Un gobierno “bueno, generoso, popular” descansa sobre una sociedad sin herramientas, recursos, instituciones y leyes mediante las que la individualidad, desarrollo, progreso, exploración, curiosidad, mejoramiento, ambición y/o crecimiento se consoliden como el modelo mayoritario.

    El mesianismo populista anclado al dogmatismo rechaza (calificándolas incluso de herejías) cualquier atisbo de resistencia, oposición, crítica, disenso, discusión, debate; solo existe una única verdad y esa no admite que se ponga en duda. 

    Lo mismo sucede con el maniqueísmo, la educación mesiánica siembra bases de conflicto, división y problemática social permanente donde el resentimiento, revancha, rechazo y “defensa” del régimen populista resulta en la segregación, asedio y hostigamiento hacia las voces de la resistencia.

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    Tentaciones como el autoritarismo y totalitarismo son frecuentes y el control de la educación, las instituciones, los modelos de formación, hasta la misión y vocación del sector magisterial son parte de los recursos a los que el mesianismo populista aspira como parte de sus recursos exclusivos.

    Educar es forjar en cada persona habilidades, capacidades, personalidad, estilo, carácter con las cuales hacer frente ala vida cotidiana, mantenerse siempre en un estado de aliento a la mejora permanente, aspirar a ser mucho más, subir la escala personal y de grupo. Cultivar valores y convertirse en modelo a seguir. Triunfar, aportar, consolidar un legado. 

    Todo eso es negativo para el populismo, no es el individuo sino el régimen el protagonista indiscutible de la historia, el dador, el protector, el héroe de la película y el único poseedor de la narrativa repetitiva, sosa y rutinaria de verborrea y demagogia diaria. 

    Se construyen historias a la sombra del gobierno, nada fuera de ello. Emprendimiento, capacidad crítica, relatos de triunfos personales, no pueden salir de la esfera de control de un bienestar ficticio, que se origina es supuestos “apoyos”. 

    Mientras otros países avanzan en educación, cuentan con los datos y las cifras contundentes para soportar sus dichos en el mesianismo populista no existen esas referencias, están proscritas, aparatadas de la luz pública, evidenciar las fallas y omisiones es cosa de “adversarios” o “intervencionistas”. 

    Ciencia, tecnología, progreso, inventiva, imaginación, actitud de lucha, voluntad, disciplina, responsabilidad, ambición, evolucionismo, competencia, competitividad, innovación, transformación de eso debería hablarse en educación. 

    Sin embargo, el centro es el oscurantismo medieval, regresión, inercia, ceguera; no preguntar, no cuestionar a una facción que demuele la democracia sin que la ciudadanía pueda reaccionar. Lo demás es irse de vacaciones, gastar, dispendiar, jugar a la izquierda, pero hartando, derrochando, disfrutando de todos los placeres con la etiqueta de “bueno e ingenuo”. 

    Portar ropas y mascaras de humildad y pobreza para darse la buena vida y vaciar los recursos públicos al antojo, con la complicidad, corrupción y engaño de las masas es la reseña de una educación demolida.

    Tal es la premisa del adoctrinamiento, hacer de cada aula un centro de ideologización, sembrar en la infancia y la juventud las semillas del fundamentalismo, (in) conciencia y sometimiento ciego. Un magisterio proselitista, activista, divulgador y portador de la propaganda mesiánica.  

    Incluso las becas, intercambios y estímulos a la educación son parte de los recursos de formación proselitista. Un aparato de inclusión de agentes de “formación” extranjeros (operadores electorales), pretextos para colocar en universidades a los hijos de los encumbrados del régimen y para dispendiar en “divulgadores”.    

    Mientras que la educación desempeña el rol de formación de conciencias y mentalidades triunfadoras, para la concepción populista es necesario disponer de un sistema de antivalores donde todo es aceptable, tolerable, indolente. 

    En el modelo mesiánico, violencia, crimen, corrupción, son parte de la vida y no hay manera de remediarlos, son culpa del pasado, son expresiones de errores heredados, repite, repite, asimila, regulariza, normaliza, acepta, confórmate, cállate. 

    Millones de maestros, alumnos, sobre todo el futuro y la viabilidad de la sociedad se ponen en riesgo cuando se atisba siquiera que el modelo populista vaya ahora por el botín educativo, ya demolieron las instituciones, las leyes, la división de poderes, la propia democracia.  

    Los registros históricos están llenos de los grandes fracasos, mentiras y narrativas huecas, cuando la educación sirve a los intereses mezquinos del mesianismo populista. 

    Un futuro con fugas y perdidas graves de talento, la erosión de la capacidad regenerativa, evolutiva y progresista de las nuevas generaciones y un país del montón en donde todo queda bajo control de régimen es el resultado que debe evitarse.  

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