Es inevitable, las crisis provocan el cambio mientras que las zonas de confort no. En momentos de dificultades, llegan los cambios. Nos movemos de lugar, los paradigmas se modifican y las ideas que impulsan la prosperidad y el desarrollo social pasan por el crisol de la turbulencia. En épocas de calma, se busca conservar la estabilidad, en tiempos críticos hay que entender cuáles son las palancas que activan el crecimiento.
El cambio es inevitable, es concomitante a la naturaleza humana. Ya lo dijo el célebre filósofo Heráclito de Efeso en los tiempos de la Antigua Grecia: “Ningún hombre se puede bañar dos veces en el mismo río”, esto es así porque las aguas del río corren y no son las mismas y tampoco el individuo que se bañó ahí por primera vez será el mismo al entrar de nuevo a ese río. Lo sabemos, en el universo todo fluye, nada es estático y lo que funcionó en el pasado, no necesariamente va a funcionar hoy. La historia del siglo XXI ilustra con mucha eficiencia que la dificultad precede al cambio.
También sucedió así en el siglo XX. Durante la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado, con una situación en la que se padecía de desempleo masivo —y miseria— la teoría económica que defendía la mano invisible sostenía que el Estado no debía intervenir. Así las cosas, John Maynard Keynes se dio cuenta de que no debemos de ser tan radicales y nos dio otra perspectiva: entender que hay veces que la intervención del Estado no está mal y que las economías de mercado a veces necesitan ayuda para que vuelvan a funcionar.
Keynes cambió el punto de vista y empezó a detectar cuáles podrían ser las palancas de crecimiento. Si las cosas habían cambiado, no debíamos persistir en la necedad de hacer lo mismo. Por eso, vio la necesidad defender la intervención del Estado. Es de sabios cambiar de opinión, especialmente, cuando vemos que lo que hacemos no está funcionando. Fue acusado de cambiar de opinión, respondió de forma provocadora a sus críticos. Ese momento keynesiano dio lugar a una nueva teoría económica que combinó mercado y Estado para lograr el pleno empleo y salvar a la civilización liberal del totalitarismo. Todo mejoró.
Después de una época de estabilidad, llegaron las crisis económicas de los años setenta, las hiperinflaciones de los años ochenta, la hiperglobalización que arrasó con muchas industrias —muchas de las cuales estaban muy acurrucadas en su nicho de confort—. Se dio entrada a un nuevo paradigma. Tal vez, lo necesario no era tener un mercado de guerras competitivas sino uno que supiera cooperar, trabajar en conjunto. Así, nacieron muchas industrias en las que florecieron negociaciones armoniosas, joint ventures, acuerdos industriales. La pérdida de la prosperidad industrial cambio de perspectiva y se transformó en crecimiento para los que estuvieron preparados y dispuestos.
Tras la caída del muro de Berlín se abrieron nuevas oportunidades. También se plantearon nuevos paradigmas. Con el derrumbe de la URSS y el fracaso de las economías socialistas nadie se esperaba una crisis del capitalismo como la de 2008. La ortodoxia del mercado controlado por la mano invisible se rejuveneció con la austeridad. La retirada del Estado de los servicios públicos fundamentales rompió el contrato social entre mercado y Estado. Y con ese resquebrajamiento llegó el apoyo a las conformaciones autoritarias. En muchos sentidos la crisis de 2008 es la que define nuestra época como si fuera una herencia indeseada. Los síntomas que seguimos padeciendo son el desempleo, la miseria y el autoritarismo que han retornado a las democracias liberales en estos nuevos años veinte. Bien lo decía Mark Twain: “La historia no se repite, pero rima”. No es lo mismo pero se parece.
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Las tubulencias del siglo XXI impactan y nos van moviendo de lugar. Las ideas ultranacionalistas, el Brexit, la perspectiva de Donald Trump de frenar la globalización puso una vez más al mundo de cabeza. La visión se modificó. Para rematar, se nos vino encima una pandemia mundial por el Covid-19 de la que aún no nos recuperamos a cabalidad, a pesar de que ya van cinco años. Por si fuera poca crisis, también tenemos que sumar las guerras. Lo que sucede en Ucrania, en la franja de Gaza y en el Oriente Medio nos preocupa, pero también nos debe llevar a reflexionar cuáles son las palancas que debemos empezar a accionar para jugar a nuestro favor.
Cuidado, estos cambios no llegan sin reflexión. Hay que tomarnos el tiempo para analizar. Es difícil porque estamos inmersos en una sociedad hiperacelerada, en la que nos parece que todo urge para ayer que los valores se trastocan y se vuelven líquidos, en la que muchos han dejado de ver el largo plazo, parece mucho pedir que nos detengamos un poco para respirar y plantearnos con seriedad cuál será el nuevo rumbo. Se trata de empezar a ver el mundo en forma estratégica, de hacer un alto en el camino para darnos cuenta si llevamos la dirección correcta o no.
Los grandes programas de inversiones tienen que vincularse, mediante objetivos programáticos, a la promoción de la innovación y a la creación de empleo. El Estado no tiene que ser intervencionista, debe ayudar. El papel de la gente en el poder es aligerar la carga de los emprendedores y de inversionistas para que generen fuentes de empleo. Se trata de ayudar no de entorpecer. Se trata de combatir la corrupción, de evitar que los funcionarios pidan mordidas y se conviertan en agentes de progreso.
Es momento de que los programas se orienten a promover el éxito empresarial. Las empresas beneficiadas por estos programas han promover la creación de una red de empresas proveedoras locales muy innovadoras y competitivas. Los grandes ayudan a los medianos y a los pequeños. Se trata de promover un sistema armónico que propicie el éxito. Así las cosas, estamos en un momento en el que las palancas de progreso se sustentan en la cooperación.
Es el ámbito de estos ecosistemas empresariales armónicos de cooperación en los que se produce la innovación incremental que promueve la prosperidad territorial. Hay que promover estas estrategias para la prosperidad en un mundo implacable. De esta forma, el Estado servirá de palanca para recuperar pilar de la prosperidad. Una prosperidad que necesitamos también para sostener nuestro modelo de civilización liberal.
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