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    Como cada primero de mayo en el que celebramos al trabajo y a quienes trabajamos, vuelve a plantearse una cuestión vital para nuestra cotidianidad y para nuestro futuro: ¿qué tipo de civilización del trabajo queremos? El trabajo es el centro de la economía, es el motor de crecimiento, es la energía que impulsa el progreso. Y si todo eso es cierto, el trabajo debe tener como objetivo central el de cuidar de la de la sociedad. En esta condición, también lo es que este cuidado debe valer igualmente para el trabajador. 

    No podemos soslayar una verdad que es tan grande como esos cadáveres en el clóset que queremos ocultar: el trabajo a veces es coercitivo. No hace falta estudiar a Sócrates para entender que someterse a los estándares no es un acto carente de significado. Una condición esencial del trabajo es el respeto a la autoridad. El jefe, el líder, la superioridad dice y el equipo, los empleados los subalternos obedecen. Así es y debe ser para que las cosas funcionen. Sin jerarquías no hay liderazgo y la autoridad es el bastión que da pie a que sea alguien el que dicte el rumbo y que otros lo sigan. Es un elemento indispensable de gestión administrativa, tanto es así que Henri Fayol la determinó como uno de los principios de la administración. Claro, una cosa es la obediencia y otra el abuso y la amenaza.

    La obediencia entendida como conformidad entre lo que se ordena y lo que se acata debe alimentarse con un ingrediente esencial: la esperanza de una gestión más equitativa. Se trata, en concreto, de la concordancia entre las actividades y las relaciones entre las partes interesadas. Estas condiciones son las que dan sentido al trabajo, tanto para los directivos como para los subordinados. Es, asimismo, la condición previa para la manifestación de la espiritualidad del trabajo.

    El trabajo no es sólo una forma de ganarse el sustento y de llevar a nuestras mesas el pan y la sal, es una manera de dar propósito a nuestras vidas. Trabajar es un encuentro con la trascendencia. En la tradición occidental, por ejemplo, la cristiandad ha visto el trabajo no como un castigo sino como un medio para servir y mejorar a la sociedad. Para las tradiciones orientales, el trabajo es el desempeño de lo que nos gusta hacer, es aquello que nos impulsa a levantarnos por la mañana. El Ikigai busca que el individuo encuentre un equilibrio entre aquello para lo que es bueno, para lo que le encanta hacer y aquello por lo que le pueden pagar. En el centro de este equilibrio de descubre el propósito.  

    Pero, cuidado, el trabajo no es a única fuente para alcanzar nuestros propósitos. Cuando el trabajo se convierte en motor sine qua non de la vida, cuando abusamos y centramos nuestra vida alrededor de nuestras actividades laborales, entramos en estrés laboral, en síndrome de burnout, en enfermedad y en última instancia, en lo contrario a lo que se pretende. Si el trabajo es el eje absoluto de la vida, perdemos esencia, extraviamos la individualidad y nos alejamos de la trascendencia; nos convertimos en esclavos modernos, en mercancía de trueque.  Los que trabajamos no debemos de ser vistos como robots inteligentes sino como seres humanos con dignidad.

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    El gran reto de nuestros días está en atender el elemento fundacional, la piedra angular: la dignidad de la persona. Trabajar no es adquirir el lenguaje de las máquinas, por lo tanto, para no caer en la perversidad —especialmente en tiempos de inteligencia artificial— es reconocer al ser humano que trabaja y respetar sus derechos. Para ello es preciso que esos derechos se acompañen con la responsabilidad del que ejerce una actividad. 

    Es muy importante hacer énfasis en esta dimensión social en la que el trabajo es un medio, no un fin. Es el canal por el cual uniremos el desarrollo personal, el servicio a la sociedad y la transformación de nuestro mundo. Es, por lo tanto, un compromiso que se adquiere con conciencia y con alegría; es la construcción de un puente de empatía entre el empleador y el empleado; es el cuidado de un clima laboral armonioso, justo y seguro. Sabemos que no es así. No lo es en muchas comunidades rurales ni en ámbitos corporativos; no lo es cuando imaginamos infantes amarrados por una cadena mientras trabajan, como no lo es para un viejo que se siente discriminado, cuando sus años de experiencia son un motivo de desprecio más que un activo; cuando una mujer se estrella contra un techo de cristal y recibe menos cada día de pago mientras otros consiguen más haciendo lo mismo. El trabajo tiene que reivindicar valores que defiendan la armonía, la justicia y la seguridad.

    Hoy, en el contexto de una sociedad fluida a la que se refiere Zygmunt Bauman, en la que nos enfrentamos con referentes morales y sociales fluctuantes, la evaluación del trabajo yde los entronros laborales es una exigencia que todos debieramos abrazar. Hoy en día, se reclaman marcos de referencia y está bien, criterios de calificación económicos, financieros, sociales o de otro tipo para evitar juicios desfavorables: en la competencia entre trabajadores, los patrones te ven como un vector de productividad ligado a la competencia. Esto es así y así debe ser. Pero hay que poner atención, vigilar y entender que el trabajador también está involucrado en este juego competitivo. Al intentar cumplir la regla de la manera más estricta posible, quiere dar una buena impresión a su jefe. Al mismo tiempo, esto le permite compararse con sus colegas y encontrar en esta comparación una señal de reconocimiento. 

    Ahí está el detalle importante: contra la lógica de concebir la sociedad en contraposición a la comunidad, un trabajo cuidado combate las derivas puramente instrumentales del trabajo. Hemos de  procurar la dignidad del trabajador. El trabajador no es una máquina, es más; el trabajo es mucho más amplio que un proceso que se debe realizar. Si nos quedamos con esa visión reducida, la inteligencia artificial nos puede sustituir hoy, ya. El trabajo puede ser y ha de ser más que un lugar de realización humana, sino también una participación en la ejecución creación. El trabajo también se ocupa de la creación, la innovación y la excelencia. 

    Si queremos darle otra dimensión, una más alta: el trabajo es la realización de este mandato, el hombre, todo ser humano, refleja la acción misma de la grandeza del universo. Así, los conceptos de solidaridad humana, innovación responsable, administración sustentable transforman el trabajo en una actividad que participa en la construcción del bien común. 

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