México quedó eliminado y, con una puntualidad administrativa, volvió a aparecer el país que habíamos cubierto con banderas.
Durante tres semanas, el Mundial ofreció una versión remasterizada de nosotros mismos. Hubo murales de ocasión, carriles viales intercambiados por macetas, estaciones sometidas a una “manita de gato”, funcionarios hablando de legado y avenidas convertidas en paseo del ajolote. El país parecía haberse congraciado consigo mismo, siempre y cuando hubiera un extraño enemigo, festejo y cámaras extranjeras.
Entonces llegó Inglaterra.
El resumen del partido tuvo una familiaridad sintomática. Después de ver el partido con un amigo, éste se quejaba de una dosis de realismo que nos hizo falta, tanto a la afición, como a la Federación. Los atacantes se estrellaban contra la defensa y no había el atrevimiento para desbordar, los cambios no sirvieron y quedó patente el reflejo sistémico de lo que hay detrás del jugador como parte de una organización. Se hizo lo que se pudo con lo que se tenía, reclamaba mi amigo en su análisis.
Así, veo de nuevo dos polos emergiendo: quienes aplauden el esfuerzo y el corazón y los que señalan con coraje el “ya merito” con 3 errores convertidos en 3 goles por parte del rival.
Entre estos contrastes, el del aplauso al sudor y el señalamiento al error, cabe buena parte de nuestra biografía nacional. Nos esforzamos, nos emocionamos y, cuando llegó la hora decisiva, descubrimos que el rival también estaba en casa.
Los grandes eventos funcionan como prueba de esfuerzo y concentran problemas dispersos hasta volverlos visibles. El Mundial mostró la hospitalidad, la imaginación y la capacidad nacional para convertir una banqueta en escandalosa tribuna, pero también mostró quién podía pagar la entrada. No hay que ser sociólogo para saber que los verdaderos fans quedaron fuera de los estadios por el precio ridículo de los boletos.
La imagen más cruda ocurrió lejos del balón. Mientras el pasto del Azteca recibía cuidados especiales, colectivos de familiares de personas desaparecidas fueron agredidos por policías durante una protesta en Calzada de Tlalpan. Intentaban levantar la voz y hacer conciencia de los más de 130 mil desaparecidos en el país. El operativo protegió el espectáculo y la realidad tuvo que esperar.
También hubo episodios que nos regalaron una merecida alegría. La fiesta fue auténtica. Miles de desconocidos compartieron calles, lluvia, goles y una esperanza que llevaba años en el clóset. El futbol tiene la capacidad de reunir lo que la política fragmenta. El problema comienza cuando el gobierno confunde esa emoción con una evaluación de desempeño a modo y supone que una multitud contenta es lo mismo que un país funcionando.
México quería usar el Mundial para transformar su imagen y terminó obteniendo un momento Eureka. Durante unas semanas, todo quedó bajo la misma luz: la generosidad y el abuso, la organización y el parche, la euforia y la exclusión. El punto es que la eliminación apagó la fiesta justo cuando el país quedó completamente a la vista.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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