La arquitectura de la confianza para construir un liderazgo de alto impacto nos presenta un gran dilema central en nuestros tiempos: optar por la credibilidad o arriesgarnos a ser irrelevantes. En estos momentos de aceleración social y de inmediatez imperante, cuando lo queremos todo rápido y bien, hay elementos que necesitan tiempo de crecimiento porque no se fabrican de inmediato. Tienen su periodo de maduración. Es el caso de la credibilidad.
En el libro de El Principito, el pasaje con Zorro explica de manera soberbia esta disyuntiva. A través de esa escena, Saint Exúpery nos deja claro el concepto de la credibilidad y nos da una fórmula, se trata de poner atención y darle tiempo; se trata de crear lazos, ya que al hacerlo dejamos de ser uno más para convertirnos en alguien único. Para ello se requiere de tener paciencia y de establecer ritos. El Zorro sugiere encontrarse siempre a la misma hora para comenzar a ser felices antes del encuentro.
En nuestro caso, para generar esa credibilidad, hay que ser perseverantes y tomarnos el tiempo para construirlo. La credibilidad es una emoción positiva y voluntaria que permite actuar sin temor, asumiendo riesgos en relaciones personales, sociales o laborales, siendo clave para la estabilidad y la colaboración. Yo no puedo pretender dirigir a un grupo de personas si no he construido esta habilidad básica, si la gente no cree en mí.
Es curioso como muchos médicos no se aprenden el nombre de sus pacientes, como muchos aspirantes a ocupar una vacante al solicitar un trabajo no saben a qué se dedica la empresa, cómo muchos jefes quieren que sus colaboradores confíen en ellos y no se han tomado la molestia de tener una plática con ellos para enterarse de qué hacen.
La credibilidad es un elemento crucial para cualquier persona y es una piedra fundacional para la arquitectura del liderazgo. Mientras más rápido empecemos a construirlo, será mejor. Leí la historia de Walter Bettinger, CEO y co-presidente de Charles Shcwab, un hombre que tuvo resultados sobresalientes en la universidad. Sin embargo, en su último examen, falló una pregunta muy simple que le hizo su sinodal: ¿Cómo se llama la persona que limpia este salón? No supo y reprobó ese examen.
El nombre de la persona es Dottie y era una persona que Walter había visto todos los días mientras estudiaba, pero jamás se tomó la molestia de verla en verdad. Ese día, Walter Bettinger entendió la relevancia que ejerce en la gente la credibilidad: es el poder de ayudar a la gente a sentirse relevante, tomada en cuenta, en especial, cuando se trata de un líder.
Muchos liderazgos hoy en día se construyen a partir de amenazas, de divisiones y basta ver la situación política en el mundo para darse cuenta. Otros tantos, no saben cómo generar su propio estilo. La credibilidad se construye a partir de generar confianza: confianza en nosotros mismos, mostrando seguridad en lo que hacemos y en el rumbo que hemos decidido. Sí, pero también necesitamos confianza institucional, es decir, el respaldo de nuestras organizaciones y confianza social, es decir, ese estado de fe que otros depositan en nosotros.
¿Cómo hacemos para que nuestros colaboradores tomen el riesgo a favor de nosotros cuando no tenemos el control total de las situaciones? Número uno, nadie lo tiene: hay que construir esa credibilidad. La forma de hacerlo es dándole a nuestro equipo elementos para que puedan predecir que pueden jugársela con nosotros y a favor de nosotros. Pero, si no conocemos el nombre de quienes nos rodean, si no mostramos interés por sus labores ni sus resultados, estamos caminando sobre arenas movedizas y nuestra gente se siente igual. Es lógico, yo no voy a confiar ni creer en una persona que por más que me ve a diario, decide ignorarme y no se toma la molestia de aprenderse mi nombre o de entender mis perspectivas.
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Creer es confiar y esto implica asumir un riesgo y aceptar la posibilidad de ser vulnerable, basándose en la creencia de que el otro no abusará de esa posición. Es un pilar fundamental para la convivencia humana y el desarrollo personal, con más énfasis lo es para construir un liderazgo del alto impacto ya que permitie el funcionamiento de la sociedad al establecer lazos de seguridad.
Es relevante dado que:
- Facilita la toma de decisiones, la resiliencia y reduce el estrés al eliminar la anticipación constante del engaño.
- Es la base de la convivencia, la amistad, el amor y las relaciones laborales efectivas ya que da pie a vínculos profundos.
- Es fundamental para el trabajo en equipo, la productividad y el liderazgo eficiente.
La credibilidad es lo que en el pasado se conocía como prestigio y hoy denominamos marca personal. Es aquello por lo que seremos recordados —que puede ser positivo o negativo, y más nos vale que sea positivo— y que genera reacciones en nuestro entorno. Si tuviéramos que referirnos a la credibilidad como una receta de cocina, podemos enunciar tres binomios de ingredientes para tener un resultado espectacular: autenticidad y congruencia, lógica y racionalidad y empatía y comprensión.
Si somos reales, transparentes y honestos vamos, por buen camino. Implica que actuar conforme a sus valores, mostrando el verdadero ser, lo que genera un espacio seguro y de franqueza. Demostrar que nuestras decisiones son sensatas, los procesos justos y que existe la competencia técnica necesaria para cumplir con lo prometido. Comprender y sintonizar con los sentimientos, necesidades y preocupaciones de los demás.
Los líderes que han forjado credibilidad son empáticos escuchan activamente, lo que fomenta una conexión humana fuerte. Un líder confiable va subiendo los peldaños de la pirámide para construir un liderazgo creíble. Sabe poner límites, es fiable, responsable, íntegro, entiende la confidencialidad, es generoso.
Un líder debe ser destacable, unos se destacan por aspectos como la agresividad, la división, la violencia, el culto al ego. Otros, que han decidido causar un buen impacto, construyen su liderazgo a partir de la credibilidad. Construir un liderazgo de alto impacto nos presenta un gran dilema central en nuestros tiempos: optar por la credibilidad o arriesgarnos a ser irrelevantes.
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