Por Sami Ramírez*
Rajesh era un ingeniero senior, se lo llevaron a Texas porque era muy bueno en su trabajo. Varios años de experiencia, un currículum impecable. Pero en las reuniones hablaba poco, no proponía, no discutía ninguna decisión. Solo se le escuchaba cuando le preguntaban de manera directa. Trabajaba duro, pero algo no encajaba. Sus compañeros empezaron a ser promovidos antes que él.
Buscando respuestas, Raj empezó un proceso de coaching. Ahí descubrió algo de lo que no era consciente: desde niño, en India, había aprendido a escuchar sin cuestionar a todo aquel que tenía algún nivel de autoridad. Aprendió que era mejor pasar desapercibido para no incomodar. Reglas de las que nadie habla, pero todo el mundo conoce. Ahí entendió que, en el trabajo, se había autosaboteado sin darse cuenta. Para evitar verse arrogante, se volvió invisible.
Lo que Raj descubrió nos ha pasado a muchos. El psicólogo holandés Geert Hofstede le puso nombre. Dedicó décadas a medir algo que pocas veces se menciona en las organizaciones: qué tan dispuestas están las personas de una cultura a aceptar la jerarquía sin cuestionarla. Lo llamó índice de distancia de poder (PDI). En Estados Unidos es de 40, Colombia 67, Brasil 69, India 77 y México 81.
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Entre más alto es el PDI, más confianza depositamos en que los líderes se encarguen de nosotros. Ese número marca la diferencia entre esperar a que nos ofrezcan una promoción o saber que hay que pedirla. Entre quedarnos callados cuando tenemos una mejor idea o expresarla, aunque incomode.
No es fácil. Cuando alguien como Raj empieza a entender esto, comienza a hablar en las reuniones, a proponer, a comunicarse con más asertividad, no siempre encuentra aplausos del otro lado. Es verdad que hay líderes que se sienten más cómodos con el empleado silencioso y humilde, ya sea por su personalidad, su cultura o sus propios miedos. Cada quien debe hacerse cargo de lo que le corresponde.
Para darle la vuelta, Raj tuvo que hacer las paces con su cultura, usar su sabiduría, volverse un experto de sí mismo y desarrollar su capacidad para navegar el contexto sin perder la dignidad ni la identidad. Para dejar de esperar que la autoridad de turno le ofreciera lo que esperaba o merecía, tenía que confiar de verdad en lo que traía.
El mapa cultural es un punto de partida a una mirada más holística. No se trata de ver el trabajo como Juego de Tronos —no queremos un sistema nervioso desregulado—, se trata de que los profesionales talentosos de Latinoamérica no esperemos a que alguien nos note, nos promueva, nos rescate. Nadie está buscando el tesoro escondido que somos. Hacernos visibles es una responsabilidad.
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