Enlaces rápidos

    Ana Segovia tiene tatuada en su antebrazo derecho la leyenda “IN MEDIAS RES”, una expresión en latín que significa “en medio de la acción”, también es una técnica narrativa con la que se empieza por la acción o momento cumbre.

    Precisamente sus pinturas representan escenas en acción, en parte gracias a su bagaje cinematográfico, pues su bisabuelo fue Fernando de Fuentes, el cineasta autor de la legendaria trilogía de la Revolución Mexicana: El prisionero trece, El compadre Mendoza y ¡Vámonos con Pancho Villa!

    “Estoy mirando cine, buscando la pintura en el cine y luego, tratando de traducir esa atención entre una imagen en movimiento a algo que es por naturaleza totalmente estático como la pintura”, dice en entrevista Ana Segovia, y resalta que el cine es “realmente crucial” en su obra, pues todas sus composiciones vienen de filmogramas.

    Pero antes de decidirse por la pintura, Ana Segovia quería hacer cine. Creció viendo películas de manera casi compulsiva y soñaba con dirigirlas, hasta que un profesor notó que pasaba más tiempo dibujando storyboards que pensando en cámaras. Esa observación, aparentemente menor, terminó por definir su trayectoria.

    Te puede interesar: México, epicentro creativo que conquista la industria global

    Siguió el consejo de su profesor, y se enamoró cuando entró en contacto con el óleo. “La manera en la que se siente remover el óleo sobre el lienzo con un pincel fue intoxicante, y también de alguna manera frustrante, porque pues no te sale las primeras 25 veces, pero cada pequeño logro va soltándote más endorfinas, supongo, y andas persiguiendo ese sentimiento de destapar o lograr algo en la pintura que antes no habías podido”, explica.

    Ana empezó, como muchos estudiantes de pintura, con trazos de naturaleza muerta. Después estudió artes visuales en el School of the Art Institute of Chicago, pero reconoce que no era muy buena estudiante, batalló mucho encontrando su tema, “la verdad es que no eran muy buenas pinturas”.

    Después de graduarse regresó a México y entró en contacto con el archivo de Diana Films, que tiene más de 300 películas que datan del año 1900 hasta la década de 1960. Es ahí cuando empieza a pintar imágenes del charro cinematográfico que desarrolla su cuerpo de trabajo y su fijación “con estos tropos de la masculinidad hiper construidas y maquilladas”.

    Todas estas películas de la Edad de Oro del cine mexicano fueron una maquinaria de representación que enseñó a generaciones enteras qué significaba ser hombre, ser charro, ser mexicano.

    Su trabajo ha sido incluido en numerosas exposiciones colectivas en museos de Londres, Venecia, Monterrey, Denver, Ciudad de México, Los Ángeles, Chicago, entre otras ciudades. Y algunas de sus exposiciones individuales incluyen: Me duelen los ojos de mirar sin verte; I’ve Been Meaning to Tell You; Meditations in an Emergency; Paisajes; Boys Ranch; Can’t Sleep with the Man who Dims My Shine; Pos’ se acabó este cantar; y Toy Boy.

    Ahora lee: La reinvención tecnológica de los seguros en México 

    Autorretrato. Óleo sobre tela 51x37cm 2024. Foto: ©GLR ESTUDIO

    Encarnar una masculinidad

    Ana, quien nació en 1991, creció viendo estas películas de rancheros mexicanos y vaqueros del cine western, generando una fascinación y un fetiche. “Yo siempre me sentí muy cercano a estas figuras, teniendo como un deseo muy vital de encarnar una masculinidad desde chico, como nunca me asocié con las feminidades que me rodeaban”, cuenta.

    A los 20 años es cuando empieza a cuestionarse mucho cómo quiere vivir su identidad de género y qué significa poder reformar estas masculinidades en el 2015, cuando ya se está examinando de una manera muy intencionada las problemáticas de estas masculinidades tan tóxicas. 

    “Entonces, por un lado, lo quiero encarnar y, por otro lado, entra en conflicto con mis masculinidades del feminismo y de queer theory en general”, agrega. 

    Esa contradicción no se resuelve: se pinta. Una de las obras más representativas de su trabajo reciente es un autorretrato como vaquero. A primera vista, la imagen parece encarnar el éxito del arquetipo. En realidad, ocurre lo contrario. La pieza está atravesada por la idea del fracaso: el intento de habitar una masculinidad que nunca termina de encajar. Para Segovia, ese fracaso es productivo. No lograr encarnar del todo al vaquero es, paradójicamente, una forma de éxito.

    “Yo quiero encarnar esta masculinidad, no lo logro y qué bueno. Ese fracaso se agradece”, admite.

    Te sugerimos: El facilitador (silencioso) del comercio global

    La obra de Ana Segovia dialoga con la historia del cine, con la economía simbólica de la industria cultural y con los debates contemporáneos sobre identidad. En ese cruce, su pintura no solo revisa el pasado: lo interroga, lo desmonta y lo vuelve a poner en circulación, recordando que las imágenes, como los negocios, nunca son inmóviles.

    En un contexto donde el éxito suele medirse en visibilidad, mercado o reconocimiento, su definición es otra: “Honestamente, en este punto de mi vida el éxito podría ser irme al campo, leer un libro y no pensar en nada. Darme ese espacio, o sea, eso es un privilegio, tiempo de no hacer nada”. Esa podría ser la escena perfecta de un western.

    Con información de Francisco Muciño.

    Ana Segovia. Foto: ©Pedro Flores/ Forbes México.