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    Hace un siglo, la semana laboral de cinco días contribuyó a transformar la sociedad. Fue introducida a gran escala por pioneros industriales para abordar no solo el bienestar de los trabajadores, sino también las presiones económicas.

    El industrial estadounidense Henry Ford fue uno de los primeros en conceder a los trabajadores dos días libres completos a la semana, hace cien años. Ford intuía que darles a los trabajadores un “fin de semana” aumentaría la productividad general, y tenía razón.

    Hoy, a medida que se aceleran los avances en inteligencia artificial y crece la preocupación por la seguridad laboral, surge una pregunta similar: ¿Podría la reducción de la jornada laboral ayudar a las sociedades a adaptarse a estos cambios trascendentales?

    Cada vez hay más evidencia que sugiere que sí, pero no de la forma simplista en que suele presentarse. La semana laboral de cuatro días no es solo un beneficio laboral. Es una herramienta potencial para mejorar el bienestar, apoyar a las familias y replantear la distribución del trabajo en la sociedad.

    Investigaciones realizadas en varios países, incluyendo proyectos piloto a gran escala en el Reino Unido y Portugal, demuestran que la reducción de la jornada laboral puede aportar beneficios significativos tanto para los empleados como para las organizaciones.

    En un estudio de 2025 sobre la adopción de la semana laboral de cuatro días, mis colegas y yo encontramos mejoras en el sueño, el ejercicio y la calidad de vida laboral. Esto tuvo implicaciones positivas tanto para la salud mental como física de los empleados.

    Nuestra investigación demostró que la productividad en el trabajo también puede aumentar, junto con una reducción del absentismo y la rotación de personal. Además, puede ser beneficioso para la imagen social de la empresa.

    Sin embargo, la conclusión más importante no se refiere a la productividad, sino a lo que sucede fuera del trabajo. Después de todo, el tiempo es un recurso social, no solo económico.

    Cuando las personas adoptan una semana laboral de cuatro días, no solo descansan más. Redistribuyen su tiempo de maneras que tienen implicaciones más amplias para la sociedad.

    En nuestra investigación, los participantes afirmaron pasar más tiempo con familiares y amigos, participar en actividades comunitarias e invertir en su salud física y mental mediante el ejercicio, la práctica de aficiones y el autocuidado.

    Estos no son cambios triviales. Con el tiempo, contribuyen a fortalecer los lazos sociales, mejorar la salud mental y crear comunidades más resilientes.

    También existen importantes implicaciones de género. Los primeros estudios sugieren que la reducción de la jornada laboral puede propiciar una mayor implicación de los padres en el cuidado de sus hijos y otras responsabilidades domésticas. Si bien esto no resuelve automáticamente la desigualdad de género, crea las condiciones necesarias para una división del trabajo más equitativa.

    En este sentido, la semana laboral de cuatro días no se limita al trabajo. Se trata de cómo las sociedades organizan el cuidado, las relaciones y la vida cotidiana.

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    El reto en el sector servicios

    Quienes critican la semana laboral de cuatro días suelen señalar que es más difícil de implementar en sectores servicios como la sanidad, el cuidado infantil, la industria manufacturera, la hostelería o el comercio minorista. Si bien es cierto, esto no justifica descartar la idea.

    En estos sectores, el trabajo está ligado al tiempo, la presencia física y la dotación de personal. Reducir la jornada laboral suele requerir una reestructuración más compleja, que incluye cambios en los turnos, nuevas contrataciones o una inversión inicial. Mis colegas y yo hemos destacado este aspecto al analizar el caso del Servicio Nacional de Salud (NHS) del Reino Unido.

    Sin embargo, estos retos deben considerarse problemas de diseño, no imposibilidades. De hecho, los beneficios potenciales para la sociedad podrían ser aún mayores en estos sectores. Un mayor bienestar y una menor fatiga entre el personal sanitario y los cuidadores pueden traducirse en una mejor calidad del servicio y menos errores.

    Una preocupación más importante es la desigualdad. Si la reducción de la jornada laboral se adopta de forma desigual, existe el riesgo de que algunos trabajadores queden excluidos, a menudo aquellos con salarios más bajos o que desempeñan funciones de primera línea. Esta es una preocupación válida, pero no un argumento en contra de la semana laboral de cuatro días. Más bien, se trata de un argumento a favor de una implementación más reflexiva.

    En lugar de preguntarse si todos los empleos pueden adoptar el mismo modelo, el enfoque debería centrarse en cómo adaptar las diferentes formas de reducción de la jornada laboral a los distintos sectores. Esto podría incluir jornadas diarias más cortas, horarios escalonados o reducciones de tiempo graduales.

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    El futuro del trabajo

    El renovado interés por reducir el tiempo que dedicamos al trabajo no surge de forma aislada. Está estrechamente vinculado a debates más amplios sobre la automatización, la productividad y el futuro del trabajo.

    Si los avances tecnológicos siguen aumentando la productividad, surge una pregunta fundamental: ¿quién se beneficia de estas ganancias?

    Históricamente —durante la Gran Depresión, por ejemplo— la reducción de la jornada laboral ha sido una forma de redistribuir esos beneficios. En comparación con propuestas más radicales, como la renta básica universal, la semana laboral de cuatro días ofrece una manera más directa y socialmente arraigada de compartir las ganancias de productividad.

    La semana laboral de cuatro días no es una solución universal, y no se implementará igual en todas partes. Sin embargo, la evidencia demuestra que trabajar menos puede ir de la mano con el mantenimiento de la productividad.

    También puede impulsar una transición hacia una sociedad donde el tiempo se valore no solo como un recurso económico, sino como base para el bienestar, las relaciones y la participación en la vida comunitaria.

    Un siglo después de que la semana laboral de cinco días contribuyera a definir el trabajo moderno, podría estar vislumbrando otro punto de inflexión. Esta vez, la verdadera pregunta no es si podemos permitirnos reducir la jornada laboral, sino si podemos permitirnos no hacerlo.

    *Rita Fontinha es profesora asociada de Negocios y Estrategia Internacionales en la Henley Business School de la Universidad de Reading.

    Este texto fue publicado originalmente en The Conversation

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