En el cielo del Valle de México, una pequeña avioneta de nombre maya podría ser el inicio de una nueva era para la cartografía, la planeación urbana y la justicia territorial en la capital del país. Se llama K’usam, “golondrina”, y aunque parece poético, su vuelo representa una revolución científica.
“Estamos ante una herramienta que nos permitirá ver la ciudad con otros ojos —desde arriba, pero también hacia el fondo—”, dice la diputada Miriam Saldaña Cháirez, impulsora de que un relevamiento aéreo efectuado por la UNAM se incorpore al Plan General de Desarrollo de la Ciudad de México hacia 2040, cuya consulta pública fue convocada para realizarse entre el 10 de noviembre de 2025 y el 10 de enero de 2026.
Desarrollado por el Instituto de Geografía de la UNAM, el K’usam es una Cessna F-06 equipada con tecnología LIDAR (Light Detection and Ranging), capaz de emitir 2.7 millones de lecturas por segundo. “Cada vuelo es una expedición científica”, apunta Saldaña. El sistema láser permite modelar el terreno con precisión al centímetro, incluso penetrando la vegetación para revelar lo que se esconde bajo ella: pendientes, grietas, cauces y estructuras que pueden significar riesgos o soluciones.

En comparación, el último modelo LIDAR del INEGI para la capital data de 2007 y tiene una resolución veinte veces menor, cuenta Saldaña Cháirez. “La ciudad cambió radicalmente en estos años. Necesitamos un nuevo mapa, no solo para saber dónde estamos, sino para decidir hacia dónde vamos”, explica la legisladora.
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Una nueva lectura del territorio
En este sentido, K’usam permitirá actualizar el catastro urbano, identificar zonas de hundimiento o deslave y ofrecer información precisa para el Atlas de Riesgos de la CDMX. Los datos tridimensionales se volverían un insumo esencial para arquitectos, ingenieros, urbanistas y especialistas en sustentabilidad.
“El conocimiento debe ser público. Cuando se comparte, la prevención se multiplica”, subraya Saldaña Cháirez. Su propuesta va más allá del diagnóstico: busca que la información recopilada sirva para replantear la relación de la ciudad con el agua, una de las mayores urgencias del siglo XXI.
El Valle de México, recuerda, abarca cerca de 3,500 km². Escanearlo completo —unos 50 km por 70 km— será un paso decisivo para entender su dinámica hídrica y su estructura subterránea. “En la antigüedad los egipcios aprendieron a medir el Nilo. Nosotros aún no aprendemos a administrar el agua que nos cae del cielo”, reflexiona.
De acuerdo con estimaciones del Instituto de Geografía, la capital consume 50 metros cúbicos de agua por segundo, pero solo 20 se recargan naturalmente. Por ello, Saldaña ha propuesto reconvertir los pozos en desuso en pozos de absorción, aprovechando las perforaciones existentes.
“El drenaje profundo recibe 98% de agua pluvial y 2% de residual. No se trata de dejar de enviar agua al campo hidalguense, sino de administrarla con inteligencia y equidad”, señala. Su visión es la de una ciudad resiliente, capaz de regenerar sus ecosistemas acuáticos, controlar inundaciones y bajar su temperatura hasta en dos grados gracias a una red de drenaje pluvial y vasos reguladores convertidos en parques públicos.
“Todos necesitamos recreación para ser productivos. Si damos espacio, la vida se recupera: peces, aves, vegetación. La resiliencia ecológica es también social”, dice Saldaña Cháirez.
Insiste además en que la geotecnología no debe quedarse en los laboratorios. Propone que el atlas digital con modelado tridimensional sea de acceso abierto y sirva de base para cada decisión pública y privada: desde obras hidráulicas hasta desarrollos inmobiliarios.
“El hundimiento de la ciudad es irreversible, pero la manera en que la habitamos puede transformarse. K’usam no es solo un avión; es una mirada al futuro”, concluye.
Si las golondrinas anuncian los cambios de estación, K’usam podría ser el aviso de una nueva era: aquella en que la Ciudad de México, por fin, aprenda a verse desde el aire para planear su destino desde la tierra.
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