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    Ana González se considera una artista desde que era pequeña, quien obtuvo sus influencias principalmente de su familia. Su padre, por ejemplo, antes de casarse con su madre era jesuita, y le inculcó la importancia de los viajes, entender la arquitectura y estudiar el arte de las diversas civilizaciones.

    Ana estudió arquitectura en la Universidad de los Andes y, después, se especializó en Arte y Género en el Trinity College de Dublín, Irlanda, y realizó un máster en Fotografía – Impresión – Editorial en la ESNBA y la ESCP de París, en Francia. “Estudié arquitectura porque sentía que me podía dar un poco más de estructura y porque la espacialidad para mí era muy importante, [para saber] cómo intervenir espacios. Y volví al arte, dijéramos así”, describe la artista colombiana.

    Como persona, Ana se define como alguien que es tranquila, paciente y perfeccionista; mientras que como profesionista ha utilizado sus dos pasiones para poder retratar la belleza de los cuidados. A lo largo de su trabajo ha viajado a diferentes puntos de Colombia y de México para retratar los paisajes que han sido marcados por la violencia, la pobreza, el desplazamiento, la desigualdad, el cambio climático, la deforestación, entre otros temas.

    “Después de viajar por Colombia y ver toda esa violencia en los pueblos donde la arquitectura se acababa, donde quedaban abandonadas porque había desplazamiento, había también un resurgir de la naturaleza. La naturaleza nos enseña que son ciclos de vida y así tú seas desplazado, hay nuevas vidas y todo se va recomponiendo”, explica Ana González.

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    Todo pende de un hilo

    La naturaleza está en un momento tan frágil que pende de un hilo. Para ella, protegerla es lo que queda pese a las situaciones adversas que existen en la región. “[Es] entender que eso que estamos viendo ahorita [la naturaleza] le queda tan poco tiempo. Era poder llevar la belleza de esos paisajes, de estas reservas naturales, de esta naturaleza al arte y poder socializar el tema de que está desapareciendo”, argumenta Ana.

    La obra se basa en porcelana y en fotos de paisajes sobre textiles que van desapareciendo hilo a hilo. “Es ese antagonismo entre la belleza de lo que queda, pero también en lo que está yéndose minuto a minuto; o las porcelanas que hablan de la belleza, pero también de la fragilidad. Todo habla un poco de esa contradicción”, dice.

    Ana González explica que las piezas textiles hablan de una frase del naturalista Alexander von Humboldt al referirse que la naturaleza es como un gran textil, donde si uno jala de un hilo, necesariamente al otro lado algo pasa. “Cada acción, así sea un hilo, genera una reacción en ese textil y cada acción nuestra, por pequeña que sea, está acabando con esa imagen”, comenta la artista.

    Su obra ‘Guaviare’ es una fotografía de un lugar lleno de palmas y de árboles que está desapareciendo por la devastación, deforestación y la ganadería. “Si yo hubiera puesto ese tapiz completo estarían abajo todas las vacas, esa parte la quito y evoco el tema de los hilos y queda sólo la belleza de las palmas, pero les quedan días o meses para desaparecer”, dice.

    Aunque el panorama no es alentador, busca que su obra tenga un impacto no solo en las personas que la ven, sino también en las comunidades, por lo que a lado de su trabajo están las comunidades, por lo que trabaja con fundaciones para ayudar a construir espacios, como centros de salud, que protejan a los que cuidan del medio ambiente.

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    Hacia al futuro se ve trabajando en tomar conciencia de lo que está pasando en el mundo, pero especialmente con las comunidades que protegen a la naturaleza. “Siempre de la mano de la comunidad, este trabajo no lo veo sola porque ellos me han nutrido a mí, quien me han dado todas las herramientas para entender son las comunidades cuidadoras”, explica, mientras que más adelante le gustaría abordar el tema de la extracción del oro.

    Hoy, Ana define al éxito como aquel trabajo que permite que más personas entiendan procesos complejos como la deforestación, pero también como empresaria, a cargo de su taller, sabe que si trabaja en temas inspiradores y honestos, al taller le irá bien.

    “La vida es el arte y yo vivo y respiro arte. El artista tiene que ser y vivir mucho fuera del taller y también dentro de él. Es una combinación de las dos cosas porque si tú no tienes experiencias y vidas, tampoco puedes tener la obra y hacerla”, comenta.