Por María José Salcedo*
En México, 31.7 millones de personas realizan trabajo de cuidado no remunerado cada semana. Juntas, según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INEGI, destinan 1,104 millones de horas semanales a cuidar a niñas y niños, adultos mayores y personas con discapacidad o enfermedad crónica, sin recibir un solo peso a cambio.
Las Cuentas Satélite del Trabajo No Remunerado, también del INEGI, valoran ese trabajo en 7.2 billones de pesos anuales, el equivalente al 23.9% del PIB, a razón de 31.22 pesos por hora.
Es el sector más grande de la economía mexicana y, al mismo tiempo, el más invisible en cualquier discusión sobre política urbana. Una parte sustancial de todo ese tiempo no se pierde por la naturaleza intrínseca del cuidado, sino por el diseño de nuestras ciudades que no consideran este factor al planearlas. Y corregirlas puede ser la palanca con mayor retorno económico y social que México tiene disponible hoy.
Para entender por qué el diseño urbano importa en este aspecto, hay que observar primero cómo se distribuye esa carga. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INEGI, el 75% de quienes cuidan en México son mujeres — 23.8 millones de personas que dedican 37.9 horas semanales a estas tareas, frente a las 25.6 horas de los hombres.
Cuando los servicios de salud, educación y terapia están dispersos en distintos puntos de la ciudad, cuando el transporte público no fue diseñado para quien lleva una silla de ruedas o una carriola, cuando una consulta médica implica tres transbordos y hasta seis horas de traslado, la carga logística del cuidado recae de manera desproporcionada sobre quienes cuidan.
En zonas periféricas empeora: en la Ciudad de México, las personas cuidadoras pasan entre 25% y 60% más tiempo en traslados asociados al cuidado que quienes viven cerca de los servicios.
Si las ciudades redujeran en apenas 10% el tiempo logístico del cuidado — con servicios más cercanos, transporte accesible, banquetas en condiciones, horarios compatibles con quién cuida, representaría 5,742 millones de horas anuales liberadas, valuadas al costo estimado por las Cuentas Satélite del INEGI.
Es decir: 179,280 millones de pesos anuales, aproximadamente 10,000 millones de dólares. Y se obtendría no con una reforma estructural extraordinaria, sino con un 10% de mejora en la manera en que las ciudades organizan lo que ya existe.
Pero además de la cuestión económica -y por encima inclusive de ella- está la cuestión de los derechos básicos de las personas. En este caso, el de la libertad de usar su tiempo como elija hacerlo.
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Estudiar, trabajar, descansar, participar en la vida pública — todas esas posibilidades dependen, antes que de la voluntad individual, de que exista tiempo disponible para ejercerlas.
Hoy, una persona cuidadora que destina seis horas a traslados hospitalarios no está ejerciendo su libertad de manera restringida: está siendo privada de ella por un diseño urbano que nunca la consideró.
Ya hay ciudades o alcaldías que demostraron que se puede. En Bogotá, las Manzanas del Cuidado concentran servicios de salud, educación y bienestar en puntos barriales accesibles y devuelven hasta 12 horas semanales a más de 370,000 mujeres — no con obra nueva, sino reorganizando lo que ya existía más cerca de donde viven.
En Barcelona, el programa Barcelona Cuida eliminó la fragmentación administrativa que obligaba a las familias a hacer trámites en cuatro instituciones distintas y los reunió en una sola ventanilla.
En Alemania, los Mehrgenerationenhäuser llevan cuidado infantil, atención a adultos mayores y redes de apoyo comunitario a un mismo espacio, a distancia caminable, porque entendieron que la proximidad no es un lujo sino una política.
En Johannesburgo, un sistema de transporte rápido conectó zonas históricamente segregadas con hospitales y escuelas, porque la movilidad también es infraestructura de cuidado.
Y en Iztapalapa, las UTOPÍAS llevan salud, deporte y educación a colonias que antes no tenían ninguno de esos servicios cerca — un modelo que ONU-Hábitat ya reconoció como referencia internacional y que demuestra que México no necesita mirar solo hacia afuera.
Lo que une a todas estas ciudades no es el presupuesto ni la tecnología: es haber decidido que el tiempo de quienes cuidan vale, que medirlo importa y que devolverlo es una obligación del diseño urbano, no una gentileza. La pregunta para México no es si puede hacerlo: es cuánto tiempo más va a tardar en decidir que vale la pena.
Sobre el autor:
*María José Salcedo es Coordinadora de Proyectos en México de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.










