Cuando María se miró en el espejo por primera vez tras su mastectomía, se quedó muy quieta.
Una mano descansaba sobre la encimera del baño. El otro flotaba cerca del espacio plano donde había estado su pecho. La cicatriz estaba cruda y enfadada. La pérdida fue silenciosa pero enorme. Su cuerpo se sentía extraño.
En momentos como estos, a menudo se insta a la gente a ser resiliente, lo que puede parecer que les digan que no muestren debilidad, que sigan adelante pase lo que pase. O imaginan la resiliencia como un rebote: volver de alguna manera ileso para ser la persona que eras antes.
Pero de pie en ese baño, María sabía que no había vuelta atrás. Y la dureza no cambiaría lo que había pasado. La verdadera pregunta era cómo podía seguir adelante, llevando esta experiencia a su nueva realidad.
La historia de María, que llegué a conocer personalmente, está lejos de ser única. La pérdida, el trauma y la enfermedad suelen traer las mismas preguntas desgarradoras sobre la identidad y la dolorosa incertidumbre de lo que viene después.
He pasado más de dos décadas estudiando la resiliencia, especialmente entre individuos y familias que atraviesan este tipo de eventos que cambian vidas. También soy superviviente de cáncer en cuatro ocasiones y autora de un nuevo libro, “Falling Forward: The New Science of Resilience and Personal Transformation”. Si hay un mito que desearía que la sociedad retirara, es la idea de que la resiliencia significa “dureza” o “recuperarse”.
Replantear la resiliencia a partir de la investigación
Momentos como el de María revelan algo importante: la forma en que la gente suele hablar de resiliencia a menudo no coincide con cómo realmente viven la adversidad.
En la cultura popular, la resiliencia suele equipararse con coraje, dureza o positividad implacable. La gente celebra al guerrero, al luchador, al superviviente triunfante.
Pero en la investigación, la práctica clínica y la experiencia vivida, la resiliencia es algo mucho más matizado, crudo y humano.
No es un rasgo de personalidad que algunas personas simplemente tengan y otras no. Décadas de investigación demuestran que la resiliencia es un proceso dinámico. Está moldeada por las pequeñas decisiones y ajustes cotidianos que toman las personas al adaptarse a adversidades significativas mientras mantienen o recuperan gradualmente su base psicológica y física con el tiempo.
Y, lo más importante, la resiliencia no significa la ausencia de angustia.
Las investigaciones sobre personas que enfrentan graves interrupciones en la vida muestran que la angustia y la resiliencia suelen coexistir. Por ejemplo, en mi estudio con supervivientes de cáncer adolescentes y jóvenes, los participantes informaron estar molestos por las finanzas, la imagen corporal y los planes de vida alterados, mientras que al mismo tiempo destacaban cambios positivos, como el fortalecimiento de las relaciones y un mayor sentido de propósito.
La resiliencia, en otras palabras, no consiste en borrar el dolor y el sufrimiento. Se trata de aprender a integrar experiencias difíciles en una vida que continúa hacia adelante.
Cómo funciona realmente la resiliencia
En un momento dado, María me dijo que había empezado a evitar los espejos, la intimidad, incluso las conversaciones que incomodaran a los demás.
“Bueno, eres fuerte”, le decían las personas. “Solo mantente positivo. Esto también pasará.”
Pero la fuerza, dijo, se sentía como una actuación.
Lo que finalmente cambió para María no fue un aumento de dureza. Era un permiso para llorar.
Empezó a hablar abiertamente sobre la pérdida de su pecho; no solo como procedimiento médico, sino como una pérdida simbólica ligada a la identidad, la sexualidad y la feminidad. Se unió a un grupo de apoyo. Se permitió sentir ira junto con gratitud por haber sobrevivido.
Este tipo de procesamiento emocional resulta ser central para la resiliencia.
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Mis colegas y yo hemos comprobado que las personas que procesan activamente la pérdida, en lugar de suprimirla, demuestran un mejor ajuste a largo plazo. Reprimir los sentimientos negativos puede proporcionar alivio a corto plazo, pero con el tiempo se asocia a un mayor estrés para tu cuerpo y a una mayor dificultad para adaptarse.
En otras palabras, la resiliencia no consiste en sellar la herida y fingir que ya no duele. Se trata de aprender a llevar la herida sin dejar que consuma toda tu historia.
La neurociencia apoya este modelo de integración. Cuando las personas se involucran en la creación de significado —reflexionando sobre sus experiencias e incorporándolas en una narrativa coherente de vida— las redes cerebrales asociadas a la regulación emocional y la flexibilidad cognitiva se vuelven más activas. El cerebro, literalmente, se reorganiza a medida que te adaptas a nuevas realidades.
María describió el cambio de forma sencilla.
“No me gusta lo que ha pasado”, me dijo. “Pero ya no estoy en guerra con mi cuerpo.”
Eso es resiliencia.
Prácticas que ayudan a construir resiliencia
Si la resiliencia se trata de integración y no de fortaleza y recuperación, ¿cómo puedes cultivarla? Las investigaciones en psicología, neurociencia y enfermedades crónicas apuntan a varias estrategias basadas en la evidencia:
- Permite la complejidad emocional: Las personas resilientes no son implacablemente positivas. Permiten espacio para toda la gama de emociones, como la gratitud y el duelo, la esperanza y el miedo. Prestar atención a tus sentimientos mediante estrategias como la escritura reflexiva o la psicoterapia se ha relacionado con una mejor adaptación psicológica.
- Construye una narrativa coherente: Los seres humanos somos narradores. El trauma puede destrozar el sentido de uno mismo, pero construir una narrativa que reconozca la pérdida mientras identifica la continuidad y el crecimiento favorece la adaptación. El objetivo no es convertir el sufrimiento en aspectos positivos, sino situarlo dentro de una historia de vida más amplia. Por ejemplo, alguien podría decir: “El cáncer descarriló mis planes y cambió mi cuerpo, pero también aclaró qué es lo que me importa y cómo quiero avanzar.”
- Acépgate a la conexión: el aislamiento amplifica el sufrimiento. El apoyo social es uno de los predictores más fuertes de lo bien que las personas pueden sobrellevar y avanzar tras una enfermedad o trauma. Para María, la conexión con otras mujeres que se habían sometido a mastectomías normalizó su experiencia y redujo la vergüenza.
- Practica pausas deliberadas: Date intencionadamente tiempo para respirar. La atención plena y la soledad contemplativa pueden fortalecer tu capacidad para regular las emociones y recuperarte del estrés. Pausar permite procesar la experiencia en lugar de evitarla.
- Expande la identidad: La enfermedad, la pérdida y el trauma transforman la forma en que te ves a ti mismo. En lugar de aferrarte a quién eras, la resiliencia a menudo implica expandir en quién te estás convirtiendo. Las investigaciones sobre el crecimiento postraumático muestran que las personas suelen informar de relaciones más profundas, prioridades aclaradas y un propósito renovado, no porque el trauma fuera bueno, sino porque obligaba a reevaluar. María ya no se describe simplemente como paciente de cáncer de mama. Es una superviviente, sí, pero también una defensora, una mentora, una mujer cuyo sentido de la feminidad se define a sí misma y no está dictado por su anatomía.
Avanzando
Vivimos en una época de agotamiento generalizado y crecientes desafíos de salud mental, donde la presión cultural para parecer fuerte a menudo deja a las personas luchando en silencio. Una insistencia en la determinación y el optimismo implacable puede salir mal, haciendo que la gente se sienta inadecuada cuando inevitablemente sienta dolor.
La resiliencia no consiste en volver a ser quien eras antes de la enfermedad, la pérdida o el trauma. Se trata de convertirse en alguien nuevo: alguien que lleva la cicatriz, recuerda la pérdida y aún así elige comprometerse con la vida.
María aún se detiene al ver su reflejo. Pero ya no se aparta de la vista.
“Este es mi cuerpo”, me dijo hace poco. “Esta es mi historia.”
La resiliencia no se forja en la negación de la vulnerabilidad, sino en su aceptación. No en recuperarse, sino en integrar lo que ha pasado en lo que te estás convirtiendo.
Y ahí, creo, es donde reside la verdadera fuerza.
*Keith M. Bellizzi es Profesor de Desarrollo Humano y Ciencias de la Familia en la Universidad de Connecticut.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation/Reuters










