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    El conflicto de Estados Unidos e Israel con Irán está siendo calificado por analistas como la “primera guerra de IA”. Según un ex agente del Mossad, el ataque que mató al líder supremo iraní Khamenei, el pasado 28 de febrero, tomó solo sesenta segundos desde la decisión hasta la ejecución. La IA procesa en segundos grandes volúmenes de comunicaciones interceptadas, imágenes satelitales y videos de drones, generando un debate urgente sobre ética y supervisión humana en la guerra.

    Ese día, las fuerzas armadas de Estados Unidos e Israel iniciaron la Operación Epic Fury sobre territorio iraní. En las primeras doce horas se ejecutaron cerca de novecientos ataques, y en los primeros diez días, el número de objetivos alcanzados superó los cinco mil quinientos. Ese ritmo operacional —que en conflictos anteriores habría insumido semanas—, fue posible gracias a un conjunto de sistemas de IA que, por primera vez en la historia militar estadounidense, participaron de manera central en la identificación y priorización de blancos.

    “Nuestros combatientes están aprovechando una variedad de herramientas avanzadas de IA”, confirmó el almirante Brad Cooper, jefe del Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM), con unos cincuenta mil efectivos desplegados en la región. “Estos sistemas nos ayudan a filtrar vastas cantidades de datos en segundos para que nuestros líderes puedan tomar decisiones más inteligentes y más rápidas que el enemigo”, dijo. Pero lo que Cooper no dijo —y que reportes periodísticos y documentos oficiales revelaron días después—, es que uno de los modelos de IA detrás de esa capacidad fue Claude, el sistema de la empresa Anthropic, integrado en el Maven Smart System del Pentágono.

    Palantir, Maven y Claude

    En este sentido, vale decir que el corazón técnico de la operación descansa sobre una arquitectura que combina tres capas. La primera es de Palantir Technologies, empresa fundada en 2003 con financiamiento inicial de la CIA y especializada en análisis masivo de datos para inteligencia militar. La segunda es el Maven Smart System —un programa del Pentágono que usa algoritmos de IA para identificar blancos potenciales a partir de imágenes satelitales y otras fuentes de inteligencia, y la tercera, y más novedosa, es Claude, integrado dentro de Maven para ayudar a los planificadores militares a organizar información y decidir sobre objetivos y prioridades.

    En términos concretos, el sistema permite a un analista ingresar una lista de objetivos potenciales y pedirle al modelo que evalúe la información disponible y los ordene según parámetros estratégicos. Un proceso que antes requería horas de trabajo humano se reduce, con asistencia de IA, a solo algunos segundos. Los usos declarados por el ejército abarcan desde la fusión de datos de inteligencia y el análisis de imágenes, hasta la logística, el mantenimiento predictivo y el apoyo a decisiones de mando. La IA, en todos estos casos, actúa como un multiplicador de fuerza: no reemplaza la decisión humana, pero la acelera drásticamente.

    La participación de Claude en operaciones militares no comenzó con Irán. Meses antes, según varios reportes, el mismo modelo fue utilizado para apoyar el análisis de inteligencia en la operación que resultó en la captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro, a principios del año. Ese caso funcionó como prueba de concepto silenciosa antes del despliegue mayor.

    Quién decide en el Pentágono

    Detrás de la arquitectura tecnológica hay una cadena de mando política con nombres precisos. El secretario de Defensa Pete Hegseth es la figura central: fue él quien impulsó la integración de modelos de IA comerciales en operaciones clasificadas y quien, cuando el mes pasado Anthropic se negó a ceder en sus condiciones contractuales, tomó la decisión de declarar a la empresa un “riesgo en la cadena de suministro” para la seguridad nacional.

    Emil Michael, subsecretario y CTO del Pentágono, encarna la posición más dura del gobierno: quería que todos los contratos de IA del Departamento de Defensa adoptaran lenguaje de “cualquier uso legal”, eliminando las restricciones que las empresas habían negociado el año pasado. “El Congreso redacta las leyes, el presidente las firma, las agencias escriben las regulaciones, y la gente cumple”, declaró Michael, rechazando públicamente lo que llamó los intentos de Anthropic de limitar el uso militar de su tecnología.

    El 27 de febrero de 2026, un día antes del inicio de los ataques, Hegseth firmó la designación de Anthropic como riesgo de seguridad. Trump ordenó por Truth Social que “cada agencia federal” cesara “inmediatamente” el uso de la tecnología de la empresa. Sin embargo, después se estableció una tregua que implica un período de transición de seis meses, lo que significa que, paradójicamente, el ejército continuó usando Claude durante las operaciones activas sobre Irán mientras la empresa que lo desarrolló estaba técnicamente en una lista negra.

    Empresas, contratos, rupturas y oportunismo

    La relación entre las grandes empresas de inteligencia artificial y el complejo militar-industrial es heterogénea, y el conflicto con Irán la hizo visible de manera dramática.

    Anthropic había sido la primera empresa de IA en desplegar sus modelos en redes clasificadas del gobierno estadounidense, con un contrato de doscientos millones de dólares. El acuerdo incluía dos líneas rojas: Claude no sería usado para sistemas de armas autónomas letales sin supervisión humana, ni para vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses. Cuando el Pentágono presionó para eliminar esas restricciones, Anthropic se negó. Así fue como Hegseth se reunió con el fundador y CEO de Anthropic Dario Amodei y llegó a amenazar con invocar la Ley de Producción de Defensa para obligar a la empresa a cooperar sin condiciones. Esta demandó al gobierno, en lo que analistas describieron como la primera prueba legal mayor de si los desarrolladores de IA tienen derecho a establecer límites éticos sobre el uso de su tecnología, y si el Estado puede castigarlos por hacerlo.

    OpenAI leyó la situación de otra manera. Horas después de que Trump ordenara cesar el uso de la tecnología de Anthropic, la empresa de Sam Altman anunció un acuerdo con el Pentágono. Altman reconoció después que la decisión había sido “definitivamente apresurada” y que “las apariencias no lucen bien”. La alianza con la firma de defensa Anduril —que acaba de ganar un contrato de veinte mil millones de dólares con el Ejército estadounidense para desarrollar la plataforma Lattice, diseñada para integrar modelos de IA en sistemas de armas—, amplificó las críticas.

    En cambio Google tiene una historia más larga con esta tensión. En 2018, rechazó renovar su participación en el análisis de vigilancia de drones del Proyecto Maven original, luego de una revuelta interna de empleados. Hoy su posición es diferente: Gemini, el modelo de IA de la compañía, fue uno de los primeros disponibles en GenAI.mil, una plataforma privada del Pentágono de modelos avanzados que permite al personal militar usar IA comercial para tareas administrativas, logísticas y de redacción de documentos. xAI, la empresa de Elon Musk, y Microsoft también accedieron a condiciones similares en redes clasificadas sin resistencia pública significativa.

    El lado iraní

    La discusión sobre restricciones éticas adquiere otra dimensión cuando se examina cómo usa la inteligencia artificial el lado contrario. En mayo de 2025, funcionarios ucranianos revelaron los restos de un dron iraní completamente autónomo —equipado con algoritmos de selección de blancos basados en IA que no requerían ningún input humano. El sistema era capaz de identificar y atacar objetivos basándose únicamente en datos de comportamiento y parámetros de misión preprogramados, sin que ningún operador humano estuviera en el bucle de decisión.

    Esta asimetría —Estados Unidos (EU) e Israel mantienen una doctrina de “humano en el bucle” para la autorización final de ataques letales, mientras Irán despliega sistemas totalmente autónomos—, es uno de los argumentos que el Pentágono usa para justificar la necesidad de una IA militar sin restricciones: si el adversario no tiene límites, los límites propios se convierten en una desventaja táctica.

    Israel, según analistas especializados, probablemente está mucho más avanzado que EU en el desarrollo de sistemas de IA militares propios, independientes de proveedores comerciales. La razón es precisamente para evitar el tipo de conflicto que la administración Trump tuvo con Anthropic. “Un día alguien descubrirá que también usamos Claude, y habrá una protesta en San Francisco, y nos lo quitarán”, resumió un analista israelí.

    Lo que la guerra en Irán expone no es solo la integración de IA en el combate, algo que ya ocurrió en Ucrania, en Gaza y en Venezuela. Lo nuevo es que por primera vez el conflicto se desarrolla también dentro del ecosistema tecnológico: entre empresas que construyeron herramientas poderosísimas y un Estado que quiere usarlas sin condiciones. 

    En este sentido, Anthropic argumenta que no diseñó un modelo de lenguaje para ser el cerebro de una campaña de bombardeos a lo que el Pentágono responde que una empresa privada no puede vetar decisiones militares de un gobierno democráticamente electo. 

    Ambas posiciones tienen una lógica interna coherente, pero también tienen consecuencias que todavía transitan el terreno de lo incalculable.

    (*) El autor es periodista y consultor de tecnología y comunicación. Analiza los nuevos
    medios y redes sociales desde hace 25 años. Autor de cinco libros sobre medios y tecnología. El último es Las máquinas no pueden soñar, sobre IA (2018). Fue editor general de Forbes ArgentinA. Es columnista permanente en Clarín, Revista VIVA , Newsweek, Infobae y Reporte Publicidad , entre otros medios. Es speaker en eventos locales e internacionales.

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