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    Por Felipe Martínez* 

    Durante años nos hemos acostumbrado a pensar que un edificio está “bien” mientras no muestre grietas evidentes o daños visibles. Esa lógica, heredada de una cultura de reacción más que de prevención, es peligrosa. Porque cuando una estructura finalmente “habla”, muchas veces ya es demasiado tarde.

    Lo hemos evidenciado, en México no faltan ejemplos de inmuebles que parecían estables hasta que una revisión más profunda mostró que el problema era mayor de lo que se veía. Después de un sismo o en zonas afectadas por asentamientos y hundimientos, confiar solo en señales visibles puede generar una falsa sensación de seguridad. Porque la realidad es simple: una estructura puede cambiar su comportamiento antes de mostrar daños evidentes. 

    La realidad es otra: los edificios, como el cuerpo humano, pueden enfermar en silencio. A la infraestructura mexicana le urge lo mismo que a la salud: chequeos periódicos, historial clínico y sistemas de alerta temprana. No basta con acudir al “doctor” cuando hay síntomas. La verdadera seguridad, la que protege vidas está en la prevención.

    Durante décadas, la inspección visual ha sido la herramienta predominante para evaluar la integridad estructural. Y sí, es valiosa, la experiencia de un ingeniero permite identificar riesgos, interpretar señales y tomar decisiones informadas. 

    Al mismo tiempo, es importante reconocer que su alcance está ligado a factores como el momento en que se realiza, el acceso a ciertos puntos de la estructura y la información visible en ese instante. Por ello, puede complementarse con herramientas que permitan observar lo que no siempre es evidente y dar seguimiento a fenómenos que evolucionan gradualmente dentro de los materiales.

    Hoy existen tecnologías que permiten monitorear edificios e infraestructura de forma continua, registrar su comportamiento en el tiempo y detectar variaciones que podrían requerir atención. Eso permite pasar de la revisión puntual a un seguimiento más preventivo.

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    No se trata solo de detectar daños, sino de anticiparlos. De identificar desviaciones mínimas antes de que se conviertan en fallas. De construir un historial estructural que permita tomar decisiones con evidencia, no con suposiciones. Así como un electrocardiograma puede revelar anomalías antes de un infarto, el monitoreo estructural puede alertar sobre comportamientos atípicos antes de un colapso.

    Riesgos estructurales

    En un país como México, donde conviven con riesgos sísmicos, hundimientos diferenciales y fenómenos climáticos cada vez más extremos, esta conversación no es técnica, es urgente. No podemos seguir dependiendo únicamente de revisiones posteriores a un evento o de inspecciones aisladas. La seguridad estructural debe ser un proceso continuo, no un diagnóstico tardío.

    Implementar sistemas de monitoreo estructural reduce riesgos, también permite priorizar recursos, optimizar mantenimiento y tomar decisiones más rápidas y precisas. En lugar de reaccionar ante emergencias, podemos gestionar de forma anticipada; en vez de intervenir cuando el daño es visible, podemos actuar cuando aún es reversible; y en última instancia, es mejor prevenir que lamentar. 

    El reto no es tecnológico, la tecnología ya existe. El verdadero desafío es cultural: dejar de pensar en la infraestructura como algo estático y empezar a entenderla como un sistema vivo, que evoluciona, se desgasta y requiere atención constante.

    Hoy, más que nunca, necesitamos cambiar la pregunta. No es si un edificio “se ve bien”, si no si sabemos realmente cómo está, y para responder eso, la inspección visual ya no es suficiente. Porque al final, la diferencia entre prevenir y lamentar no está en lo que vemos, sino en lo que decidimos monitorear a tiempo. En la era de los datos, es necesario basarse en ellos para tomar decisiones.

    Sobre el autor:

    Felipe Martínez Valle es CEO Huella Estructural, empresa chilena especializada en monitoreo de salud estructural en tiempo real; es ingeniero comercial con MBA del IE Business School y Magíster en Gestión Estratégica por la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile.  

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    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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