Por Jose Balmori de la Miyar*
Las últimas semanas han estado marcadas por un creciente nerviosismo en los mercados de valores, particularmente en Asia, ante la excesiva valoración de ciertas acciones de compañías vinculadas al desarrollo o uso de la inteligencia artificial (IA). En lo que va del mes, las bolsas surcoreanas y japonesas han registrado caídas, con gigantes como Samsung y SoftBank liderando las pérdidas.
El motivo principal de la inquietud son los compromisos masivos de capital para la inversión en IA por parte de las grandes tecnológicas (Alphabet, Amazon, Apple, Microsoft y Meta). Solo esta última ha visto cómo su valoración bursátil se reduce en casi un 10% entre octubre y noviembre, reflejo directo del elevado gasto en investigación y desarrollo de IA.
El reconocido inversor y gestor de fondos de cobertura Michael Burry, famoso por haber anticipado la crisis subprime de 2007, ha declarado recientemente que existe un exceso de especulación y optimismo sobre la capacidad real de monetización de la IA.
Para respaldar su tesis, Burry ha realizado movimientos significativos: ha colocado opciones de venta (put options) que cubren más de un millón de acciones de Nvidia y cinco millones de acciones de Palantir. Esta posición bursátil gana cuando dichas acciones pierden valor en el tiempo. Este posicionamiento de Burry representa más del 80% de su portafolio, valuado en más de mil millones de dólares. Para quienes recuerdan la historia narrada en The Big Short, podríamos estar presenciando la secuela en tiempo real de aquel escepticismo financiero (por cierto, que si alguno de mis lectores no ha visto dicha película, se la recomiendo ampliamente).
Otras señales de alarmas incluyen el desarrollo de modelos de inteligencia artificial como el DeepSeek de los chinos, el cual no requirió de tanta inversión monetaria, o bien, estudios de grandes universidades como MIT que encuentran que el 95% de compañías invirtiendo en la IA generativa pierden dinero.
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En el lado opuesto del debate se encuentran entusiastas como Mark Zuckerberg, CEO de Meta, quien ve la IA como el fundamento del futuro de todos sus productos. Desde esta perspectiva, la industria apenas comienza a liberar el potencial de crecimiento y productividad que esta tecnología puede inyectar en la economía real y en los mercados de valores.
Un factor crucial que juega a favor de la tesis optimista es la solidez financiera de los mayores desarrolladores de IA. Las tecnológicas más grandes del mundo poseen un flujo de efectivo masivo, lo que les permite apalancar inversiones ambiciosas incluso si las ganancias a corto plazo no cumplen las expectativas. Parten de una base financiera sólida que les permite absorber las pérdidas iniciales de la carrera armamentística de la IA, para estar en una mejor posición competitiva en un futuro.
Quizás por ello la burbuja no esté en todo el mercado, si no en compañías que dependen totalmente en el éxito de la monetización de la IA, tales como Nvidia o TSMC, quienes están justo del lado de proveeduría de chips. Incluso la burbuja puede encontrarse también en empresas menos sólidas como Palantir u Oracle, quienes han crecido enormemente en su valoración justo por la moda de la IA.
El próximo año será determinante para observar la adaptación de los mercados laborales, las cadenas de suministro y los mercados de valores. En el horizonte está la pregunta crucial de esta posible burbuja: ¿La inteligencia artificial inyectará la productividad y el valor prometidos a la economía real, o su integración total requerirá aún años, o incluso décadas, de desarrollo e inversión? Al tiempo.
Sobre el autor:
*Dr. José Roberto Balmori, director de los programas de licenciatura de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México.
Twitter: @jrbalmori
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
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