¿Alguna vez has sentido que abrir una aplicación nueva es como entrar a un restaurante con un menú de cincuenta páginas? Te da una parálisis inmediata. En un mundo donde la inteligencia artificial permite que cualquier empresa basada en app o sitio web “escupa” funcionalidades a alta velocidad, el verdadero valor ya no es qué puede hacer el software, sino qué decidió no hacer para no robarte la atención.
Estamos viviendo un cambio de paradigma radical. Antes, una plataforma era considerada “pro” o “robusta” si su interfaz estaba llena de botones, menús desplegables y herramientas para poder hacer muchas cosas. Hoy, eso ya no es una ventaja competitiva; es una deuda emocional para el usuario. La curaduría se ha convertido en el valor máximo. Como usuario, hoy te toca ser más crítico que nunca: Si una herramienta intenta resolverte la vida entera, lo más probable es que te esté robando claridad operativa.
Aquí es donde entra un concepto que me gusta mucho: el Costo Cognitivo. Piénsalo así: cada vez que una empresa de software añade una función “por si acaso”, te está cobrando un impuesto de atención. En mi día a día, por ejemplo, cuando evaluamos un proyecto en briq.mx, nuestro trabajo es filtrar el riesgo antes de que llegue a los inversionistas.
Si algo no está perfectamente pulido o no tiene sentido financiero, se rechaza, aunque el equipo tenga prisa por publicarlo. El software debería funcionar igual. Las mejores empresas son las que actúan como un filtro de seguridad para tu cerebro, entregándote solo lo que realmente mueve la aguja.
El “No” es la señal más clara de que una empresa sabe a dónde va. Es fácil ceder a la presión de “la competencia ya tiene esta función” o “el cliente X la pidió”. Lo difícil —y lo valioso— es mantener la esencia. Según diversos estudios de usabilidad de firmas como Nielsen Norman Group, la complejidad visual y el exceso de opciones reducen drásticamente la eficiencia y aumentan el estrés del usuario. Por eso, el verdadero lujo hoy en día es el silencio visual.
Debemos empezar a apreciar más a esas empresas que se rompen la cabeza pensando en cómo simplificar procesos en lugar de cómo añadir más funcionalidad. Hacer algo complejo es sencillo, y más ahora; lo realmente difícil es lograr que algo potente parezca simple.
En conclusión, una plataforma de calidad no es la que tiene mil funciones, sino la que mejor te deja trabajar sin estorbos. No te dejes deslumbrar por los fuegos artificiales de la IA o las promesas de “hacerlo todo”. Busca la claridad. Al final del día, para que algo sea bueno, no tiene por qué ser complicado. La elegancia está en lo que sobra, no en lo que falta.
Sobre el autor:
Alberto Padilla Luengas es socio fundador de Briq.mx. Apasionado del emprendimiento, ha dedicado su carrera a temas de innovación, tecnología y desarrollo de negocios.
Correo: [email protected]
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