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    Acertada pero tardía. Quizá esa sea la definición más precisa de los vaivenes de las democracias europeas en los momentos cruciales. Una descripción de lo anterior se puede ilustrar con las tensiones y negociaciones en torno al reconocimiento de Palestina como un estado con todo lo que ello conlleva.

    La actitud de Inglaterra y de Francia, la que se suma a la visión del asunto que tuvieron en España al advertir que se requería de una reacción enérgica de condena al gobierno de Israel ante lo que ocurre en Gaza, más allá de discusiones de orden semántico.

    Por supuesto que cualquier clase de reconocimiento tiene que estar aparejada a una lucha sin dobleces contra el terrorismo, el que tiene en Hamas uno de los ejemplos más claros y repudiables, lo que, por cierto, no debe obviar el cálculo extraño que hicieron grupos de ultraderecha israelí celebrando la existencia de esos salvajes, porque funcionaban como pretexto y coartada para no avanzar en la consolidación de dos estados, dos naciones que tienen que convivir con paz y en seguridad.

    Pero, como suele ocurrir, el anhelo mayoritario en las Naciones Unidas se topará con el veto de los Estados Unidos, lo que ya se advierte en las quejas de Charles Kushner, el embajador de Donald Trump en Francia, consuegro del presidente y una de las caras más visibles del cabildeo en favor de Benjamín Netanyahu.

    Estamos ante una situación de hechos consumados que resultará muy difícil de revertir y que implicará un despliegue diplomático que tiene, frente a sí, múltiples obstáculos. La población de Gaza fue desplazada y no retornará a su tierra en muchos años. Un drama, por supuesto, al que se le añaden crisis de orden humanitario como la hambruna que padecen, según la propia ONU, unas 500 mil personas, ello sumado a la muerte de decenas de miles de civiles.

    Como quiera que sea, no se pueden escatimar méritos a la actitud de Emmanuel Macron, como señaló el editorial del diario Le Monde de este domingo, al advertir que la determinación francesa se adscribe al derecho de los pueblos a la autodeterminación. Es un anuncio simbólico, pero que puede activar acciones productivas. “Reconocer el estado palestino es reconocer la existencia de un territorio sobre el que su derecho a la autodeterminación podrá ejercerse.” Pero, al mismo tiempo, es evidente que ello también conlleva el propio derecho de Israel a existir.

    Son malos tiempos, en los que buena parte de las premisas que sostuvieron las relaciones a nivel internacional han saltado por lo aires, como se puede atestiguar en la situación de Ucrania y en los amagos de Rusia en Polonia y en Estonia, aunque hasta ahora y por fortuna, solo sea con señuelos que intentar medir cuál puede ser la reacción de la OTAN ante amagos más serios.

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