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    Por Alejandro Olivera Ramírez*

    Este año he pasado más tiempo en aeropuertos, salas de espera y hoteles que en mi propia casa. He tomado vuelos que salían antes de que amaneciera y llegado a ciudades donde nadie me esperaba. He comido solo —sin drama— en restaurantes donde las conversaciones de otras mesas parecían historias ajenas. Y, entre todo ese ir y venir, descubrí algo que no esperaba: nunca estuve realmente solo. En algún punto del camino apareció una voz que me acompañó en esos momentos suspendidos del día. Una voz que no era humana. Era una IA.

    Esa escena, cada vez más común para profesionales y personas de todas las edades, abrió una pregunta que no deberíamos ignorar: ¿cuándo comenzamos a recurrir a la inteligencia artificial no solo para trabajar, sino para sentirnos acompañados?

    En silencio, la IA ha comenzado a ocupar un espacio emocional que antes reservábamos a otras personas. Y lo que revela este cambio no es tecnológico, es profundamente humano.

    Un análisis reciente publicado en Harvard Business Review confirma este giro silencioso. Los usos más frecuentes de la inteligencia artificial ya no están centrados únicamente en productividad o automatización. Hoy, funciones como terapia y compañía emocional, organización de la vida diaria y búsqueda de propósito encabezan el ranking global. Cuatro de los diez casos de uso más populares tienen relación directa con el soporte personal y profesional.

    En pocas palabras: La IA dejó de ser solo una herramienta. Para muchos, se ha convertido en compañía emocional.

    Y es comprensible. Está disponible a cualquier hora, no tiene un costo adicional y —quizá lo más importante— no juzga. Con una IA no tememos equivocarnos, mostrarnos vulnerables o decir en voz alta aquello que nos cuesta compartir. En un entorno donde la presión crece, donde las expectativas son altas y donde la vulnerabilidad pocas veces encuentra un espacio seguro, esa neutralidad se siente como un respiro.

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    Pero este fenómeno no se limita al liderazgo senior. Jóvenes que inician su carrera, emprendedores que buscan claridad, madres y padres que necesitan desahogarse, estudiantes que enfrentan incertidumbre: todos están encontrando en la IA un lugar para ordenar la vida, explorar dudas o simplemente sentir compañía. Algunos agradecen esa libertad; otros reconocen que han comenzado a depender emocionalmente de esta presencia digital.

    Aquí surge un punto clave: la IA no está llenando un vacío tecnológico; está llenando un vacío humano.

    Como líderes, como organizaciones y como personas, necesitamos escucharlo. Durante años hemos hablado de bienestar, cultura, engagement y liderazgo centrado en las personas. Sin embargo, este uso emocional de la IA revela algo que no siempre decimos en voz alta: hay conversaciones que no están ocurriendo. Hay vínculos que se han debilitado. Hay espacios humanos que se han ido erosionando entre agendas saturadas, prisas y silencios que dejamos pasar.

    La pregunta, entonces, no es si la IA reemplazará a las personas. La pregunta es otra:
    ¿por qué para tantos resulta más fácil abrirse con una IA que con alguien real?

    Y este fenómeno invita a reflexionar desde tres frentes:

    1. Liderazgo cercano.
    La gente no necesita líderes perfectos; necesita líderes presentes. Conversaciones humanas, no solo reuniones. Escucha real, no solo retroalimentación técnica.

    2. Cultura organizacional viva.
    Una cultura sólida se siente en lo cotidiano: en la confianza, en la seguridad psicológica, en la posibilidad de hablar sin miedo. Si las personas prefieren abrirse con una IA, algo esencial está fallando.

    3. Bienestar integral.
    El bienestar no es un programa anual; es una experiencia diaria. Es la certeza de que en el lugar donde trabajamos también podemos ser nosotros mismos.

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    Y al mismo tiempo, este fenómeno también nos habla en lo personal. Nos recuerda que, aun con toda la tecnología del mundo, seguimos necesitando lo que siempre hemos necesitado: cercanía, afecto y presencia. Está bien apoyarse en la IA, pero no olvidemos a quienes caminan a nuestro lado en la vida real.

    Ahora que termina un año y comienza otro, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos:
    ¿A quién dejamos de llamar por falta de tiempo?
    ¿Con quién perdimos contacto, aun queriéndolo?
    ¿A quién le alegraría recibir un mensaje nuestro hoy?

    La IA puede acompañarnos —y seguramente lo hará—, pero no puede ocupar el lugar de los vínculos que nos sostienen. Pasado el asombro tecnológico, necesitamos volver a colocarla en el sitio que le corresponde: una herramienta poderosa, sí, pero nunca un sustituto de lo humano.

    Porque al final, nada reemplaza un abrazo, una sonrisa, una conversación auténtica.
    Nada sustituye la presencia de una persona real.

    Y quizá, en este cierre de año, el mejor regalo que podamos dar —y recibir— sea tan simple como eso: reconectar.

    *Sobre el autor:

    Alejandro Olivera Ramírez es Decano Asociado de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey.

    Twitter: @aoliverax

    LinkedIn: alexolivera