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    Por Aurora González de Mendoza

    Muchas veces aceptamos aquello que nos tocó en el baúl de nuestra personalidad y con lo que nos hemos identificado desde la niñez. Solemos categorizarnos entre aquello para lo que somos buenos y aquello para lo que no. Entre esas etiquetas está la creatividad: el identificador  o marcador (tag) suele limitarse a sentirse muy creativo o a admirarla en los demás como si fuera un objeto expuesto en una vitrina que solo podemos apreciar antes de seguir de largo.

    La realidad es que incluso la persona que se considere menos creativa ha sido salvada por ella más de una vez. De niños, todos llegamos a inventar alguna mentira para salir bien librados de una situación: un ejercicio de creatividad pura. Encontrar una ruta alterna para librar el tráfico —ojo, sin ayuda de Waze o Google Maps—, preparar algo únicamente con los ingredientes que tenemos en el refrigerador, entre muchas otras acciones cotidianas, son ejercicios creativos. Sin embargo, no los reconocemos como tales; los vemos simplemente como la acción de resolver problemas.

    Hemos segregado la creatividad porque pensamos que solo existe cuando produce un resultado artístico. En el ámbito empresarial, suele vivir encerrada en los departamentos de marketing, cuando en realidad flota en cada una de las acciones que conforman cualquier operación. Y digo “flota” porque no siempre tenemos la capacidad de romper con lo mecánico o con lo conocido para encontrar nuevas formas de hacer las cosas. Tal vez por miedo, o por quedarnos con aquello que “ya funciona”, aunque lo funcional hoy, tenga fecha de caducidad mañana. El avance tecnológico y social crea un espiral que no ofrece garantías permanentes.

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    No digo que debamos descartar lo funcional, sino entender que eso no conduce necesariamente a la innovación, sino a la repetición de un resultado que alguna vez surgió a partir de un proceso creativo. He ahí una paradoja: actualmente, la innovación es un término cargado de prestigio, la búsqueda del millón; en cambio, la creatividad suele verse como un adorno o un extra, cuando en realidad es lo esencial.

    Encontrarnos con ella exige perder el miedo al qué dirán y a las críticas. Es una apuesta: podemos terminar vistos como genios o como locos.

    Por eso es necesario desarrollar la confianza personal y aprender a apagar esa voz potente capaz de sabotearnos y repetirnos una y otra vez que algo está mal. Aceptar el error o la falla como algo natural dentro de cualquier proceso nos ayuda a proponer con libertad y a entrar en ese estado de “flow”, término que el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi acuñó para describir la capacidad de desarrollar una actividad con atención plena, experimentando un rendimiento óptimo, motivación intrínseca y una profunda sensación de satisfacción con lo que se hace.

    Porque los procesos creativos no son lineales ni perfectos: responden a la naturaleza del juego y de la experimentación. Fallar es parte de llegar a cualquier resultado. Bien lo decía Thomas Edison: “No he fracasado. Simplemente he encontrado 10,000 maneras que no funcionan”.

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    Csikszentmihalyi también sostiene que las personas con mayor predisposición a experimentar la creatividad poseen una personalidad “autotélica”, término proveniente del griego que describe a quienes disfrutan el proceso de la vida por sí mismo. Son personas que aprenden a dirigir su atención y encuentran oportunidades de crecimiento incluso en situaciones cotidianas y estructurales.

    Al final, yo traduciría todo esto en una idea simple: el ejercicio creativo está en la capacidad de observar y desarrollar nuestra sensibilidad para identificar rutas distintas, rutas cuyo destino sea la innovación.

    Sobre la autora: Aurora González de Mendoza es periodista y escritora. Instagram: @textoservidora